28 julio, 2014

La Primera Guerra Mundial y la neurosis de guerra



Hoy, 28 de julio del 2014, se rememoran 100 años del inicio de la Primera Guerra Mundial. Denominada entonces "Gran Guerra", ambos bandos vaticinaron una victoria rápida, calificando al conflicto como "la guerra que pondría fin a todas las guerras". El resultado fue muy diferente. Cuatro años después habían muerto cerca de 10 millones de personas, las potencias europeas estaban sumidas en el desastre económico, cuatro imperios fueron destruidos: el ruso, el austro-húngaro, el turco y el alemán, y la semilla de la Segunda Guerra Mundial había sido sembrada. Las durísimas condiciones del frente, con el peligro acechando en todo momento en las trincheras, donde "incluso las ratas se volvían histéricas", suscitaron un gran interés para la relativamente novicia psiquiatría, con el estudio de los cada vez más frecuentes casos de neurosis de guerra.



04 abril, 2012

Loquerías, manicomios y hospitales psiquiátricos de Lima

.UPCH presentó el libro “Loquerías, manicomios y hospitales psiquiátricos de Lima” de Santiago Stucchi.Viernes, 30 de Marzo de 2012 21:00

El libro "Loquerías, manicomios y hospitales psiquiátricos de Lima" de Santiago Stucchi, fue presentado por la UPCH, en el Auditorio Alberto Hurtado del Campus Sur de nuestra universidad. Los asistentes se mostraron entusiasmados ante esta publicación, ya que se trata de un aporte al estudio de los centros de salud mental del país.

La presentación contó con las palabras y apreciaciones de la Dra. Cristina Guerra Giraldez, Directora del Centro Editorial de la UPCH, además de la intervención del Dr. Manuel Ponce Cornejo, Profesor Emérito de nuestra casa de estudios. El autor de la obra también compartió con los asistentes diversos aspectos tratados en la referida publicación.

“En el imaginario popular, los establecimientos psiquiátricos han sido siempre vinculados a imágenes degradantes o inclusive aterradoras. Casi siempre han sido considerados como lugares temidos en donde internos y custodios conviven y conforman un submundo signado por el caos y el desconcierto. Tal apreciación puede pecar de exagerada y no generalizable, pero históricamente no carece de algún fundamento”, señala el autor en su obra. Santiago Stucchi Portocarrero es médico psiquiatra y profesor de la Facultad de Medicina de la UPCH. Trabaja además en el Instituto Nacional de Salud Mental "Honorio Delgado - Hideyo Noguchi" y en la Clínica Médica Cayetano Heredia. También es miembro del comité editorial de la Revista de Neuro-Psiquiatría.

Esta no es su primera publicación, además es autor de "La depresión de José María Arguedas" (en: Arguedas y el Perú de hoy. SUR, 2005) y de "Breve historia de los tratamientos biológicos en la psiquiatría" (UPCH, 2009).
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Versión digital

18 diciembre, 2011

Depresión y creatividad literaria: A cien años del nacimiento de José María Arguedas *

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Por: Santiago Stucchi Portocarrero
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RESUMEN

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A propósito del centenario del natalicio del escritor y etnólogo peruano José María Arguedas, se describe la influencia de la sintomatología depresiva que padeció a lo largo de su vida -y que lo llevó finalmente al suicidio-, sobre su obra literaria, caracterizada por la nostalgia, la injusticia, la marginalidad y una visión tormentosa de la sexualidad.

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PALABRAS CLAVE: José María Arguedas, depresión, suicidio, literatura.
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SUMMARY
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On the occasion of the centenary of the birth of Peruvian writer and ethnologist José María Arguedas, we describe the influence of the depressive symptoms that he suffered throughout his life -and ultimately led him to suicide-, on his literary work, characterized by nostalgia, injustice, marginalization and a stormy vision of sexuality.

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KEY WORDS: José María Arguedas, depression, suicide, literature.
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La conmemoración del centenario del natalicio de José María Arguedas, el 18 de enero del 2011, nos lleva a una reflexión en torno a su obra y a la impronta que en ella dejó la depresión que adoleció a lo largo de su vida. En un artículo anterior nos preguntamos si el escritor y etnólogo andahuaylino habría trascendido literariamente si no hubiese sido víctima de tal padecimiento, que lo llevó finalmente al suicidio (1).

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Basamos tal planteamiento en el trasfondo melancólico y penosamente nostálgico que caracteriza a muchas de sus obras, pobladas por personajes sufrientes y avasallados por fuerzas que escapan a su control, en un mundo gobernado por la más injusta desigualdad.
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Reflejo de nuestra compleja realidad, sin duda alguna, pero con un innegable matiz autobiográfico.

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Así pues, el continuo alejamiento del padre luego de la temprana muerte de su madre, es rememorado en “Los ríos profundos”: “Mi padre no pudo encontrar nunca dónde fijar su residencia; fue un abogado de provincias, inestable y errante. Con él conocí más de doscientos pueblos. (...) Pero mi padre decidía irse de un pueblo a otro cuando las montañas, los caminos, los campos de juego, el lugar donde duermen los pájaros, cuando los detalles del pueblo empezaban a formar parte de la memoria. (...) Hasta un día en que mi padre me confesó, con ademán aparentemente más enérgico que otras veces, que nuestro peregrinaje terminaría en Abancay. (...) Comprendí que mi padre se marcharía. Después de varios años de haber viajado juntos, yo debía quedarme; y él se iría solo” (2).

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La marginalidad es otro de los temas vivenciales recurrentes en la narrativa arguediana. En “Warma Kuyay”, por ejemplo, leemos: “Se agarraron de las manos y empezaron a bailar en ronda, con la musiquita de Julio, el charanguero. Se volteaban a ratos, para mirarme, y reían. Yo me quedé fuera del círculo, avergonzado, vencido para siempre” (3). También en “Los escoleros” se expresa la misma incapacidad para integrarse plenamente al mundo andino: “Yo, pues, no era mak’tillo de verdad, bailarín, con el alma tranquila; no, yo era mak’tillo falsificado, hijo de abogado; por eso pensaba más que los otros escoleros; a veces me enfermaba de tanto hablar con mi alma, pero don Ciprián hablaba más” (4). Tal era la situación de los protagonistas –sobre todo de aquellos infantiles-, desarraigados de la élite dominante y emocionalmente identificados con los oprimidos, pero sin poder franquear del todo la barrera que los aislaba. Rescato aquí la explicación evidentemente psicodinámica de Roland Forgues: “Si el escritor se ha esforzado durante toda su vida, en unirse al mundo indio que le era extraño, es porque éste representaba el substituto de la madre -es decir todo un ideal de vida- de la cual había sido privado en la infancia. Y, si de la misma manera, trató siempre de humanizar el mundo blanco, es porque inconscientemente no podía separarse de él” (5).

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Pero lo marginal no se manifiesta solamente en el plano étnico. En “El Sexto”, el personaje principal se ve inmerso en la contienda ideológica entre comunistas y apristas, sin adherirse a ninguno de los bandos, al punto de exclamar que “no admitiría ninguna disciplina que limite mis actos y mi pensamiento. Estoy fuera” (6).

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También la sexualidad en los personajes de Arguedas adquiere características singulares. “Cargada de culpa” y “atormentada” -en palabras de Carlos García Bedoya (7)-, se hace visible sólo a través de actos violentos o degradantes. Así, en “Warma Kuyay”, la rivalidad de Ernesto y Kutu por el amor de Justina, se resuelve trágicamente luego del abuso sexual perpetrado por el patrón:
“-¡Kutu! ¿Te ha despachado Justina?
- ¡Don Froylán la ha abusado, niño Ernesto!
- ¡Mentira, Kutu, mentira!
- ¡Ayer no más la ha forzado; en la toma de agua, cuando fue a bañarse con los niños!”
(4).

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En “Los ríos profundos” se presenta la siguiente escena de abuso contra una enferma mental:
“-¡Mira! ¡La opa!- exclamó Palacitos, señalando la figura de la demente que subió al patio. Ella se detuvo (...).
Apareció también el Peluca. A empellones quiso llevar a la opa hacia los excusados.
Ella se resistía (...). Vimos que el Peluca le daba de puntapiés a la demente. Oímos que la insultaba”
(2).

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Pero es en “Amor mundo”, donde Arguedas revela lo más oscuro de la sexualidad, al reproducir en el texto un hecho que dijo haber presenciado siendo niño:
“-No vienes solo. ¡No vienes solo! ¿A quién has traído?
–preguntó doña Gabriela.
-A Santiago; para que aprenda lo más grande de Dios. ¡Háblale muchacho; que vea que ya eres hombre! (...)
-¡Anticristo! ¿Crees que te voy a dejar? ¿Crees? –habló la señora. (...)
Y empezó el forcejeo. Sobre la cama de madera, bien ancha, el hombre y la mujer peleaban. El esposo de doña Gabriela había ido de viaje a una ciudad muy lejana de la costa. Ella tenía los ojos pequeños y quemantes en el rostro enflaquecido pero lleno de anhelos. Sus dos hijos dormían en otra ‘división’, al extremo opuesto de la sala. Eran amigos de Santiago. (...)
-Si no te quitas esa sábana, voy a gritar para que tus hijos vean que estoy en tu cama. ¡Que vean! A la de seis grito. El hombre no se embarra con estas cosas, al contrario. Yo más todavía. Cuento..., una..., dos..., tres..., cuatro...
El hombre empezó a babear, a gloglotear palabras sucias, mientras ella lloraba mucho y rezaba”
(8).

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Más explícito aún es el siguiente pasaje, de la misma obra:
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“En eso de ajuntarse con la mujer, el hombre no es hijo de Dios, más hijo de Dios son los animalitos. Hay confusión cuando uno quiere meterse con una mujer...
-¿Y el enamoramiento, don Antonio?
-Sí, pues, sólo cuando estás muchacho, como tú, o menos quizás. Pero desde el momento en que tú ves cómo es la cosa de la mujer, la ilusión se acaba.
-Sí, Don Antonio.
-Los ojos de la mujer, hasta sus manos, su pelo también, es obra de nuestro Dios, pero su cosa... ¡ahí está el asunto enredado! Porque el cura dice que es el pecado más mortal, según el caso”
(9).

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El origen de toda la temática depresiva de Arguedas ha sido repetidamente atribuido al maltrato recibido por parte de la madrastra y del hermanastro. Fue el mismo escritor quien se reveló -un tanto tardíamente-, en el encuentro nacional de narradores celebrado en Arequipa en 1965, como “hechura de mi madrastra” (10). Sin embargo, cabe decir que su hermano mayor, Arístides, no mencionó maltrato alguno en sus memorias, afirmando más bien que la llegada de José María al nuevo hogar “fue un acontecimiento, con sus seis años de edad, bien gordito, sus cabellos blondos y largos, tímido, apacible, conquistó la simpatía de todo el mundo (...). Hasta mi madrastra, tan seca y poco afable, lo tuvo en sus faldas en algunas ocasiones.” (11).

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Hace algunos años, la hermana menor del novelista, Nelly, también nos expresó sus dudas al respecto, en conversación personal. Más recientemente, Francisco Huerta Rodríguez ha llegado a afirmar que el supuesto maltrato no fue más que una ficción, basándose en el testimonio del mismo Arístides (12).

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¿Es posible que en la necesidad de encontrar el trauma original que explicase sus dolencias, Arguedas haya inventado eventos negativos que nunca existieron, o por lo menos exagerado hechos eventuales y anecdóticos que de otro modo no habrían trascendido? No es raro que un depresivo reduzca su biografía a un cúmulo de recuerdos miserables, reales o generados bajo la malsana sugestión del humor melancólico. El psiquiatra Javier Mariátegui –quien tuvo la oportunidad de brindar ayuda terapéutica a Arguedas en 1961- escribió que el escritor “estaba ya mal dispuesto a los tratamientos biomédicos, convencido como estaba de una única raíz hundida en la profundidad de sus males, escrita tempranamente en su infancia. (...) Para Arguedas, el tratamiento congruente con su estado tenía que ser de tipo psicoanalítico, convencido como estaba que tenía una enfermedad emocional de origen infantil (...). La depresión como patología de la vitalidad (...) no fue nunca asumida ni aceptada por Arguedas, quien intelectualizó de modo permanente su estado y fue en busca de los fantasmas de su infancia a los que atribuía, en demasía interpretativa, la auténtica razón de su cuadro melancólico.” (13) Es posible que aquella búsqueda se haya visto reforzada por la terapia llevada con la psicoanalista chilena-lituana Lola Hoffmann a partir de 1962.
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En todo caso, lo cierto es que la patología emocional de Arguedas lo acompañó desde su juventud, como lo expresa él mismo en algunas de sus cartas. Ya a los 25 años, el escritor escribía a su tío José Manuel Perea lo siguiente: “Yo estoy regular; padezco desde hace mucho tiempo de una fuerte afección nerviosa que parece no tiene remedio” (14). En otra misiva, dirigida a Arístides, nos describe claramente la presencia de crisis de pánico de inicio bastante temprano: “¿Te acuerdas que de niño me daban unos horribles espantos nocturnos? Nuestro padre tenía que levantarse y sacarme al corredor; miraba al cielo, respiraba el aire frío y me calmaba. Después, ya en el Colegio, padecí de algunas crisis: era una especie de repentino temor a la muerte (...). Pero algunos años después, cuando ya estabas en Caraz, me vino una crisis dura, no dormía, tenía un espanto continuo y parecía que todo iba a terminar (...). Las primeras noches, cuando sentía a la muerte en la garganta, soñaba con nuestro padre y contigo” (11).
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Pero es al parecer alrededor de los 32 años cuando la depresión se instaló con más fuerza. Así, en otra carta a Arístides, con fecha 25 de marzo de 1943, decía: “Desde hace un mes estoy bastante enfermo. El excesivo trabajo que he tenido durante todo el año pasado, sin haber gozado de vacaciones y todas las amarguras que tuve que pasar (...) me han postrado en una terrible fatiga mental. Estoy prohibido del más mínimo esfuerzo intelectual, por lo menos por sesenta días.” (11).
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También en su primer diario de “El zorro de arriba y el zorro de abajo” (10 de mayo de 1969), Arguedas recuerda que en “mayo de 1944 hizo crisis una dolencia psíquica contraída en la infancia y estuve casi cinco años neutralizado para escribir” (15). De este modo, no debe sorprender que tan temprano y prolongado padecimiento, dejara su sello en la obra del escritor.

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Erróneo sería, no obstante, argumentar que la depresión de Arguedas fue el ingrediente básico de su genialidad. Es verdad que cierto grado de insatisfacción vital puede ser el aliciente para la producción artística, al otorgar un mayor grado de sensibilidad, un anhelo de cambio o quizás una necesidad de exorcizar los demonios internos volcándolos de manera sublimada en la creación personal. Pero aquella musa inspiradora deviene a la postre en obstáculo infranqueable, al hundir al depresivo en el vacío imaginativo. Dicha incapacidad creadora resultó intolerable para Arguedas, quien se avocó de tal modo a su obra, que llegó a considerarla condición sine qua non para subsistir. Así, un día antes del disparo fatal, escribió: “Me retiro ahora porque siento, he comprobado que ya no tengo energía e iluminación para seguir trabajando, es decir, para justificar la vida” (16), y el mismo día del acto (28 de noviembre de 1969), dirigió a su esposa Sybila una carta de despedida que decía: “Y sabes que luchar y contribuir es para mí la vida. No hacer nada es peor que la muerte, y tú has de comprender y, finalmente, aprobar lo que hago” (17). La sublimación de sus tormentos, que es la base pretendidamente terapéutica de “Amor mundo”, claudica en los diarios de su obra póstuma: al agotarse la cantera creativa, la ficción cede el paso a la cruda realidad. El novelista se convierte entonces, en reportero de su propia muerte, y “El zorro de arriba y el zorro de abajo”, en “la novela de un suicida” (según Mario Vargas Llosa) (18). La depresión pues, abruma al escritor, destruyendo su capacidad creadora y sumiéndolo en la desesperación, de la cual no encuentra siquiera el reposo nocturno, al serle esquivo el sueño reparador. En este punto, la búsqueda de los traumas infantiles resulta no sólo inútil, si no por el contrario, deletérea. Ante semejante tormento, Arguedas no avizora más remedio que la autoeliminación.

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De este modo, la trascendencia de la producción arguediana va más allá del padecimiento psíquico de su autor, aunque no pueda desligarse completamente del mismo. Como Mariátegui (13) –y amén de las consideraciones sociológicas y políticas, cuyo desarrollo excede el propósito de este artículo-, debemos afirmar que la hermenéutica psiquiátrica resulta insuficiente para explicar tanto la vida como la obra de José María Arguedas.

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REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS
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1. Stucchi S. La depresión de José María Arguedas. Revista de Neuro-Psiquiatría 2003; 66: 171-84.


2. Arguedas JM. Los ríos profundos. En: Arguedas JM. Obras completas. Tomo III. Lima: Editorial Horizonte, 1983. p. 9-213.
3. Arguedas JM. Warma kuyay (Amor de niño). En: Arguedas JM. Obras completas. Tomo I. Lima: Editorial Horizonte; 1983. p. 7-13.
4. Arguedas JM. Los escoleros. En: Arguedas JM. Obras completas. Tomo I. Lima: Editorial Horizonte; 1983. p. 83-119.
5. Forgues R. José María Arguedas: Del pensamiento dialéctico al pensamiento trágico. Historia de una utopía. Lima: Editorial Horizonte; 1989.
6. Arguedas JM. El Sexto. En: Arguedas JM. Obras completas. Tomo III. Lima: Editorial Horizonte, 1983. p. 217-344.
7. García-Bedoya C. Comentario. En: Martínez M, Manrique N. Amor y Fuego: José María Arguedas 25 años después. Lima: DESCO; 1995. p. 241-5.
8. Arguedas JM. Amor mundo – El horno viejo. En: Arguedas JM. Obras completas. Tomo I. Lima: Editorial Horizonte, 1983. p. 221-7.
9. Arguedas JM. Amor mundo – Don Antonio. En: Arguedas JM. Obras completas. Tomo I. Lima: Editorial Horizonte; 1983. p. 241-8.
10. Escuela Nacional Superior de Folklore “José María Arguedas”. Arguedas canta y habla (disco
compacto). Lima; 2001.
11. Pinilla CM. Arguedas en familia. Lima: Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú; 1999.
12. Huerta-Rodríguez F. Ficción y verdad en José María Arguedas. Diario La Primera. 2008 Oct 8.
13. Mariátegui J. Arguedas o la agonía del mundo andino. Psicopatología (Madrid) 1995; 15: 91-102.

14. Forgues R. Arguedas, documentos inéditos. Lima: Editora Amauta; 1995.
15. Arguedas JM. El zorro de arriba y el zorro de abajo - Primer diario. En: Arguedas JM. Obras completas. Tomo V. Lima: Editorial Horizonte; 1983. p. 17-29.
16. Arguedas JM. El zorro de arriba y el zorro de abajo - Epílogo. En: Arguedas JM. Obras completas. Tomo V. Lima: Editorial Horizonte; 1983. p. 201-6.
17. Larco J. Prólogo. En: Larco J (ed). Recopilación de textos sobre José María Arguedas. La Habana: Casa de las Américas; 1976.
18. Vargas-Llosa M. La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo. México DF: Fondo de Cultura Económica; 1996.

26 octubre, 2010

El Hospital de la Misericordia

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Hace unos meses incursionamos en los predios de lo que alguna vez fue el Hospital Real de San Andrés, recientemente profanados por los ímpetus mercantilistas de individuos faltos de conciencia histórica. Tal visita fue el pretexto para una reseña acerca de aquel nosocomio, que tan importante rol había jugado desde que fuera fundado en el siglo XVI. En esta oportunidad, nuestro equipo* decidió conocer las instalaciones del antiguo Hospital de la Misericordia -sede en la actualidad del Colegio "Alipio Ponce Vásquez" de la Dirección de Bienestar de la Policía Nacional del Perú, sito en la Av. Sebastián Lorente 769 Barrios Altos, Lima-, y de paso recordar algunos datos sobre el mismo.
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El Hospital Civil de la Misericordia -conocido también como Hospicio de Insanos o más coloquialmente, como Manicomio del Cercado- fue construido en el lugar que ocupaba la Quinta Cortés, antiguo local de convalecencia de los jesuitas en el barrio del Cercado. Inaugurado en diciembre de 1859, recibió a los “153 enfermos de los cuales hay 76 hombres y 77 mujeres”, procedentes de las loquerías de San Andrés y Santa Ana, repartiéndose los mismos “para cada departamento de cuatro principales cuarteles a saber: 1) los tranquilos, 2) excitados periódicamente, 3) idiotas, epilépticos e inmundos y 4) furiosos” (según nos refiere Óscar Valdivia Ponce, 1964). Bajo la influencia ideológica del tratamiento moral de Pinel, el Reglamento Provisional del Hospicio (1897) exigía a las Hermanas de Caridad: “1.º Suministrar con toda exactitud y puntualidad las medicinas prescritas para los enfermos. 2.º Cumplir extrictamente las medidas indicadas por los médicos respecto á los enfermos. 3.º Cuidar del aseo y limpieza de las salas. 4.º Ordenar y vigilar el cambio, cuando menos semanal, de las ropas de cama é internas de cada enfermo. 5.º Inspeccionar la calidad de los alimentos y presidir su distribución. 6.º Procurar con todo empeño que los enfermos estén constantemente limpios y sean tratados con afecto, sin obligarlos á prácticas religiosas que ellos no acepten. 7.º Acompañar á los médicos en las visitas. 8.º Dar á los guardianes y empleados de cada Departamento, oportunamente, las órdenes más convenientes para el mejor servicio. 9.º Impedir que los enfermos sean maltratados de palabra ó de hecho por los guardianes ú otros enfermeros. 10.º Dar cuenta á los médicos de las novedades ú ocurrencias del Departamento, ó de las faltas que observaren en el servicio y en los turnos de guardia de los enfermos. 11.º Las Hermanas deben velar rigurosamente para que los enfermos gocen toda la libertad de acción y de movimiento compatibles con este Reglamento”.
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La escritora argentina Juana Manuela Gorriti nos brinda la siguiente versión novelada del Hospicio de la Misericordia en “Una visita al manicomio” (1876): “En el lindo pueblecito del Cercado, lugar sombroso y romántico, situado como un apéndice de Lima, entre el circuito de sus murallas, elévase ese suntuoso y lúgubre edificio rodeado de huertos, jardines y fuentes. (…) Envuélvelo profundo silencio, tan solo interrumpido allá, de vez en cuando, por algún extraño grito que aleja a los paseantes de aquel ameno sitio, y desgarra el corazón a aquellos que vagan atraídos por el amor de seres queridos encerrados entre sus fúnebres muros. Cuán honda compasión inspiran esas madres, hijas y esposas que vienen cada día a pasar horas enteras ante la gran verja, pegado el rostro a las barras de hierro, fijos los tristes ojos en esa puerta que recuerda el Lacciate ogni speranza de la terrible leyenda”.
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No pasó mucho tiempo sin embargo, para que el nuevo local resultase insuficiente. Tan solo cuatro meses después de la inauguración, en abril de 1860, el Director Casimiro Ulloa informaba lo siguiente a la Beneficencia Pública de Lima: “Como Ud. lo ha notado ya, la estrechez del sitio no permite hacer estas construcciones si no es tomando algo del espacio que ocupa la huerta y formando un segundo piso. (…) Habiéndose aumentado considerablemente la población del hospicio en ambos departamentos, y habiéndose resuelto igualmente por la dirección que ello no tenga una proporción definida, se hace necesario también aumentar el número de catres comunes de hierro, así como los de madera, llamados de fuerza, que la experiencia ha manifestado ser de indispensable necesidad para el servicio de las celdas". En 1890, su sucesor en la Dirección, Manuel Muñiz, informó lo siguiente: “No se pueden dividir y separar absolutamente los enajenados curables de los incurables, los sucios de los aseados, los furiosos de los tranquilos, los epilépticos de sus congéneres enfermos, etc. (…) Faltan talleres. No hay distracciones. Los corredores son estrechos para el gran número de enfermos, que apenas pueden hacer ejercicios. (…) Si un asilo, como ha dicho un gran alienista, es como una red con la que rodea el médico a sus enfermos para coordinar sus movimientos, regular sus pensamientos, moderar sus sentimientos y presidir a todas sus operaciones vitales, bien claro se ve que el manicomio actual no responde a sus fines”. Finalmente, en enero de 1918 todos los internos del Hospicio de Insanos fueron trasladados al nuevo Asilo Colonia de la Magdalena, que en 1930 adoptaría la denominación actual de Hospital "Víctor Larco Herrera".
El edificio del otrora Manicomio del Cercado quedó en estado de abandono hasta 1922, cuando fue elegido como sede de la Escuela de la Guardia Civil y Policía de la República. En 1961 se fundó ahí el Colegio de la Guardia Civil “Leoncio Prado”, el cual finalmente cambió de nombre en 1977 por Colegio "Alipio Ponce Vásquez".


Plano de Lima de 1904, con la ubicación de los tres hospitales que albergaron enfermos mentales.

Bibliografía:

- Caravedo Prado B. La reforma psiquiátrica en el Perú. Lima: Clínica Baltazar Caravedo, 1985.
- Gorriti JM. Una visita al manicomio. En: Panoramas de la vida: colección de novelas, fantasías, leyendas y descripciones americanas. Tomo II. Buenos Aires, Imprenta y Librerías de Mayo, 1876.
- Lastres JB. Historia de la medicina en el Perú. Tomo III: La medicina en la República. Lima, UNMSM, 1951.
- Reglamento Provisional del Hospicio de Insanos. Lima, 1897.
- Valdivia Ponce O. Historia de la psiquiatría peruana. Lima, 1964.

* Conformado ahora por este servidor y su teléfono celular con cámara fotográfica.

12 julio, 2010

Vincent Van Gogh: 120 años después

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El 29 de julio se recordarán 120 años de la muerte de Vincent Van Gogh, dos días después de dispararse un tiro en el pecho. Diversos autores han publicado escritos dedicados a la vida del pintor holandés, no quedando de lado las aproximaciones diagnósticas que intentan explicar tanto sus padecimientos que culminaron con el acto autoeliminatorio, como su obra misma, bajo la nada novedosa presunción que enlaza genio y locura de modo indisoluble. Aunque desde joven fue descrito como de “carácter difícil, temperamento muy fuerte” y “personalidad inestable” -afirmando el mismo Van Gogh que su juventud fue “triste, fría y estéril” (carta a su hermano Theo, 18 de diciembre de 1883)-, fue aparentemente en sus postreros años de mayor producción artística, que afloraron con más crudeza sus perturbaciones psíquicas y físicas. Tras el conocido episodio de la mutilación de su oreja*, Van Gogh fue atendido en el Hospital de Arles por el Dr. Felix Rey, el cual le diagnosticó epilepsia (1889); luego, el Dr. Théophile Peyron confirmó tal apreciación, durante su estadía en el Hospital de Saint Paul de Mausole. Posterior a su muerte, Karl Jaspers planteó el diagnóstico de esquizofrenia (Strindberg und Van Gogh, Leipzig 1922). Walter Riese, por su parte, resucitó la idea de los médicos franceses, afirmando la existencia de estados crepusculares (Ueber den stilwandel bei Van Gogh, 1925), siendo apoyado tal postulado por Juan Antonio Vallejo-Nágera (El crepúsculo de Van Gogh, 1989), quien sostuvo que el autor de La noche estrellada padecía de crisis psicomotoras, luego de analizar minuciosamente “la rica vida interior que supo volcar en las 821 cartas que se conservan, la mayoría dirigidas a su hermano Theo”. Pero quizás la teoría diagnóstica más interesante sea la de F. Javier González Luque y A. Luis Montejo González, quienes propusieron una intoxicación por plomo (saturnismo) como explicación a la sintomatología presentada por el neerlandés en sus últimos años (Vincent Van Gogh: poseído por el color y la luz, Salamanca 1997).

Según aquéllos, el plomo presente en las pinturas utilizadas por Van Gogh –particularmente bajo la forma de carbonato (en el “blanco de plata”) y cromato (en el “amarillo de cromo”)-, fue ingresando a su organismo de manera progresiva, ejerciendo un efecto acumulativo. En 1883 comenzarían a manifestarse los primeros síntomas de la intoxicación: cansancio y ánimo depresivo; en una carta (La Haya, agosto de 1883), escribe: “… he perdido parte de mis fuerzas; no es normal que me fatigue por haber hecho un trayecto de aquí al correo (…). Estoy muy agotado y siento que voy a sucumbir”. En otra carta (Drenthe, septiembre de 1883), dice: “me invade una gran angustia, una depresión, un ‘je ne sais quoi’ de desaliento y desesperación, que no puedo describir”. Posteriormente aparecerían la inflamación de las encías (“…como me dolía toda la boca, tragaba la comida lo más rápido que podía” … “comencé a preocuparme cuando se me empezaron a caer cada vez más dientes”; Amberes, 1886); los dolores abdominales (“desde que estoy acá, tengo el estómago terriblemente débil; en fin esto es un asunto de mucha paciencia probablemente”; Arles, marzo-abril de 1888), y la anemia (“Rey me ha dicho … que actualmente estaba anémico; Arles, enero de 1889)(“El tercer cuadro de esta semana es un retrato mío casi descolorido de tonos cenicientos sobre un fondo veronés pálido”; Arles, septiembre de 1888). Con el avance de la enfermedad se manifestarían los síntomas neuropsiquiátricos; aquí cabe citar el testimonio del Dr. Peyron: “El abajo firmante, doctor en medicina, director de la casa de salud de Saint-Rémy, certifica que el llamado Van Gogh (Vincent) de treinta y seis años de edad, natural de Holanda y actualmente domiciliado en Arles, en tratamiento por el hospital de dicha ciudad, fue atendido de un ataque agudo con alucinaciones visuales y auditivas que lo llevaron a mutilarse cortándose la oreja. En este momento parece que ha vuelto a la razón, pero no se siente con la fuerza y el coraje de vivir en libertad, y ha pedido él mismo su admisión en la casa. Yo estimo como consecuencia de lo que padece, que el señor Van Gogh es víctima de ataques de epilepsia, muy alejados los unos de los otros, por lo que procede someterlo a una observación prolongada en el establecimiento”. En otras de sus cartas, Van Gogh describe estados de confusión, aparentemente crepusculares: “durante muchos días he estado absolutamente extraviado como en Arles … y es de suponer que estas crisis aún se irán repitiendo; es abominable” (Saint Rémy, julio de 1889); “…ya comprenderás que aun estando completamente calmo, en un momento dado puedo recaer en un estado de sobreexcitación por nuevas emociones morales” (Arles, marzo de 1889); “Por momentos tengo una lucidez terrible … y entonces dejo de sentirme… y el cuadro me viene como en un sueño” (Arles, septiembre de 1888); “Me extraña que justo yo, con mis ideas modernas, un admirador tan apasionado de Zola, Goncourt … tenga alucinaciones propias de una persona supersticiosa, y ocupen mi mente confusas y terribles visiones de locura religiosa como nunca me había sucedido en el norte…” (Saint Rémy, octubre de 1889). Finalmente, creen ver los autores una neuropatía periférica de origen plúmbico -que habría dado lugar a una debilidad muscular de las manos-, en la simplificación de los dibujos de su última etapa, y en el hecho de dejar inconclusas algunas obras, así como en las modificaciones grafológicas de sus últimas cartas; en su obra
Campo de trigo con cuervos (1890) se haría patente “la distorsión del espacio y la brutal destrucción de la perspectiva”.

Mención aparte merece el acertado deslinde que hacen González y Montejo entre genialidad y locura en el caso de Van Gogh, citando a Vallejo-Nágera cuando dice: “la creación artística de Van Gogh es muy independiente de su enfermedad. Se interrumpe durante las agravaciones; pero la enfermedad ni la potencia ni la estructura. El esquema creador es previo a la enfermedad; sigue su desarrollo durante ella de modo absolutamente lúcido hasta el final: no hay motivaciones patológicas”. No podemos aquí evitar el hacer un paralelismo con el escritor peruano
José María Arguedas, quien expresa también sus dolencias en sus escritos, y en quien resulta obligatorio realizar también aquel deslinde: si bien una personalidad depresiva puede ser el terreno propicio para una obra signada por la nostalgia, la marginalidad y el desarraigo, el recrudecimiento de la patología depresiva sume al autor en una orfandad creativa que difícilmente podría considerarse inspiradora.

* Últimamente se ha dicho que la oreja de Van Gogh fue en realidad cortada
en una riña con Paul Gauguin.

11 abril, 2010

Anecdótica Médica de Hermilio Valdizán

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Copio a continuación algunos pasajes del libro "Anecdótica Médica", en el cual su autor -el reconocido médico psiquiatra peruano Hermilio Valdizán-, nos demuestra con gracia y elegancia, que la historia de la medicina no se construye únicamente con adustos testimonios y solemnes homenajes. Impreso en 1924 en los talleres gráficos del entonces Asilo "Víctor Larco Herrera", puedo preciarme de contar con un ejemplar sellado por el mismísimo Valdizán, como puede verse más abajo. Sin más irrelevante preámbulo, os dejo con la lectura, no sin antes advertir que el autor no se anda con remilgos discursivos al abordar ciertos temas, que no suelen ruborizar a los galenos.

DOS PALABRAS

La anécdota tiene un valor considerable en la historia: ella es, por decirlo así, un verdadero comprimido histórico, de una elocuencia a las veces más considerable que muchas páginas. Y tiene la ventaja grandísima de expresar sintéticamente, con laconismo que hace la percepción más intensa, las características esenciales de épocas y personas. Y auna a esta ventaja aquella de consignar características que escapan a la estudiada seriedad de la historia o a equivocadas interpretaciones del respeto que épocas y personas deben merecerle al historiador.

He creído que nuestra ANECDÓTICA MÉDICA debe ser conservada: ella vive refugiada en el recuerdo de nuestros viejos; pero está destinada a desaparecer si no la procuramos un más seguro refugio y es éste el que representa este pequeño volumen destinado a circular solamente entre nuestros compañeros del presente y aquellos del porvenir, hoy estudiantes, a quienes me permito encarecer la continuación de este mi pequeño conservador.

He procurado conservar, con la mayor fidelidad posible, el relato que me ha sido hecho de las anécdotas que consigno en este tomo y, en el mayor número de casos, he procurado dar el nombre de los personajes, nombre que he silenciado cuando consideraciones de orden moral me han movido a referir "el milagro" callando el nombre del santo.

Empeño inofensivo de coleccionista bien intencionado, con un amable e interesante precursor en la "chismografía" del poeta GÁLVEZ, espero que no será de mortificación, ni siquiera leve, para algunos de los protagonistas.

Mis agradecimientos muy sinceros a ese formidable artista que hay en Jorge SEOANE. Sus ilustraciones representan el mayor mérito de este libro.
H.V.

Lima, 1924

(...)
NOTICIAS

Época hubo, en los hospitales del Perú, en que una sola jeringa restaba sus servicios a todos los enfermos de un hospital. El funcionario encargado de emplear el aparato (aparato en bronce, a tipo de émbolo y de respetables dimensiones), armado de él, recorría plácidamente las salas y llenaba su cometido terapéutico. De tal práctica tomó origen el nombre de "jeringa de hospital" que se daba a aquellas personas intrusas, entrometidas, indiscretas, que intervenían en todo, debiesen o no debiesen hacerlo. Y de tales sujetos se decía, coprolálicamente por cierto, eran como la jeringa del hospital
que en todo o......
se mete.
(...)

El año de 1914 el doctor Nemesio FERNÁNDEZ CONCHA operó, en su sala de "Santo Domingo" del Hospital "Dos de Mayo", empleando la anestesia...... al cognac. Se trataba de un sujeto español, alcoholista habitual, cuya anestesia al cloroformo, ensayada varias veces, había sido imposible y a quien era urgente extirpar un dedo de la mano izquierda. El sujeto se bebió una copa del cognac hospitalario o sea del pulcramente preparado por las Hijas de San Vicente de Paul y esperó tranquilamente el momento operatorio. Se puso en la boca una compresa e indicó con un gesto que la operación podía empezar. Y la operación se hizo, sin otras expresiones de dolor que dos o tres verdaderos gruñidos del alcoholista y la trituración de la compresa.

(...)

EL PRIMER PEDIATRA

Se trata del doctor ESPLANA, que debe ser considerado como el precursor de nuestros pediatras, médico que ejercía su profesión en Lima en el siglo XVII y cuya biografía nos hace CAVIEDES en su justamente celebrado "Diente del Parnaso", en la siguiente forma:
Cura a los niños chiquitos
Y en esto tiene tal fama
Que en la física se llama
Herodes de los ahitos.

(...)

DEL DOCTOR LEONARDO VILLAR

(...)

Desempeñando el doctor VILLAR las funciones de médico de policía de Lima, se vió obligado a conocer en un caso de violación: una lechera acusaba al peón de una hacienda de haberla violado brutalmente en uno de los caminos. Comparecieron ante el doctor VILLAR la víctima y el acusado. La primera hizo una prolija relación de hechos, que el acusado escuchaba en silencio. A relación terminada, intervino el doctor VILLAR y dijo, dirigiéndose al presunto violador:
-¿Es verdad todo esto?
-Sí, doctor, dijo el acusado.
-Entonces, agregó el médico, ¿hubo violación?
-Vaciló el acusado y respondió:
-Diga usted, señor doctor: ¿hay violación donde hubo meneo?

(...)

EL MÉTODO INTUITIVO
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(...)

Un día, el doctor MOLINA, en el curso de la visita, iba explicándonos las lesiones constatadas en cada enferma. En tales condiciones llegamos a la cama número 8, en la cual yacía una negra, víctima de una bartolinitis.

Precisa advertir que, en aquella época, la recepción de enfermos en los hospitales, estaba más a cargo de las religiosas que de los médicos y que así andaba aquello, siendo lo más frecuente encontrarse un caso de medicina en uno de cirugía y al contrario. Y precisa advertir también que la Ginecología, si bien contaba ya con el núcleo pedagógico que fué la sala de Las Mercedes, no era tan respetada en los hospitales como lo es al presente.

El doctor MOLINA comenzó a explicarnos el mecanismo de aquella bartolinitis y, con el propósito de mejor indicarnos los detalles del proceso, la sede y las alteraciones de la glándula, etc., puso su dedo índice en el loco enfermo. Y en tanto que se expresaba, su índice no abandonaba la región. Nosotros escuchábamos atentamente y, de vez en cuando, fijábamos la pecadora mirada en los genitales de la desventurada que servía de tema de la lección.

Creo que el doctor MOLINA se extendió más de lo debido en su explicación y creo también que el índice del joven maestro abandonó la localización primitiva e incursionó hacia el clítoris. Ello es que, en plena oración clínica, la respiración anhelosa de la enferma, cierta secreción violenta de la glándula enferma y la mirada "con los ojos en blanco" de la mujer, nos indicaron los inconvenientes de la objetivación en la enseñanza clínica.
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CINCO SOLES DE MALARIA

El Asilo Colonia "Víctor Larco Herrera", ha sido el primer establecimiento hospitalario peruano en el cual se llevó a cabo la cura de Wagner VON JAUREG en el tratamiento de la sífilis nerviosa y con un éxito brillante por cierto, en el servicio de Honorio F. DELGADO, introductor, entre nosotros, del afortunado sistema. Años después, los diarios publicaron en Lima un telegrama de Dinamarca en el cual se comunicaba como novedad el indicado tratamiento. A raíz de esta publicación recibí de Trujillo una carta de la cual tomo el párrafo siguiente:

"Remito a usted cinco soles para que se digne encargar a Dinamarca esa malaria que dicen es tan buena para curar la locura. Si acaso necesitase usted más dinero, le enviaré; pues estoy llana a cualquier sacrificio para salvar a mi enfermo".

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DE LA PRÁCTICA CIVIL
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Un anciano, enfermo del doctor DANIEL E. LAVORERÍA, le espera una mañana con la diaria novedad a que se hallaba habituado el quejumbroso y le dice:
- Doctor: un dedo se me ha puesto rígido.
- ¡Qué raro! -comenta el doctor LAVORERÍA-; a la edad de usted nada se pone rígido y sólo nos espera la rigidez cadavérica.

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El doctor Enrique León GARCíA, llamado a asistir a un enfermo del pueblo, víctima de una lesión rectal, en vista del deficiente alumbrado de la habitación, pide una vela. Se la alcanzan encendida y el doctor GARCíA, vela en mano, se acerca al lecho en el cual reposa su enfermo y llegado a él le dice:
-Voltéate.
El enfermo se vuelve lentamente.
-Vamos -repite el doctor GARCíA-, voltéate bien.
El enfermo vacila todavía para obedecer la orden del médico y volviéndose a éste, le dice, con la angustia pintada en el rostro:
-Doctorcito: si va usted a metérmela, apáguela.

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Refería el doctor DULANTO a sus alumnos del curso de Higiene, que en el año de 1858, durante una epidemia de fiebre amarilla en Lima, la inhumación de cadáveres tenía lugar en forma sumaria y rapidísima, por el número considerable de cadáveres que los sepultureros debían enterrar diariamente. Uno de estos enterradores, en momentos que arrojaba una paletada de tierra sobre un cadáver, observó que éste se incorporaba en la fosa y le decía, con voz angustiada:
-A mí no; que no estoy muerto.
-¿Quieres saber más que el médico? -le dijo el sepulturero y continuó su macabra labor.
Creemos que esta anécdota no es absolutamente original. Creemos haberla leído en alguna parte como ocurrida en España.

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LA PIZARRA MÉDICA

El teléfono de los médicos es una adquisición relativamente moderna en Lima, en cuanto a su generalización. Y esta generalización ha dado muerte a la pizarrilla que existía en la puerta de los consultorios, con el objeto de que los clientes inscribieran en ellas la dirección y el nombre de la familia que solicitaba los servicios del médico. Algunos médicos usaban, además de estas pizarrillas, un pequeño buzón, destinado a depositar las "llamadas" que ya iban escritas y muchas veces enviadas con algún criado analfabeto.

Hay el derecho de creer que en aquellos tiempos había un gran respeto por la profesión y que no era frecuente el abuso de tales pizarrillas o buzones para anotar en las primeras o depositar en los segundos "falsas" llamadas del médico. Pero cabe sospechar que tal abuso a que hacemos referencia entró por mucho en la supresión de tales admin ículos, que tanto se prestaban al abuso de ociosos y entretenidos.

Uno de mis amigos de colegio, médico hoy, jugó, merced a las pizarrillas dichas, una mala partida a la familia PFLUCKER, domiciliada en la calle de la Caridad por los años de 1894. Habiendo tenido un disgusto con uno de los hermanos PFLUCKER, y en su deseo de venganza, tuvo la paciencia de recorrer ocho o diez consultorios de los mejores médicos de Lima, de los "que tenían coche" y citar a los dichos profesionales a una junta que debía realizarse a las 9 de la mañana del día siguiente. A la hora indicada comenzó el desfile de médicos, con la correspondiente sorpresa de la familia y con el correspondiente desagrado de los invitados a la junta.
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El teléfono no nos ha libertado de estas bromas de mal gusto, obra muchas veces de verdaderos enfermos de Asilo. He sido llamado una vez a un barrio apartado del Callao; he concurrido solícitamente, dada la urgencia con que se me reclamaba, y me he dado con una carpintería de japoneses que ni siquiera sospechaban la existencia de un doctor VALDIZÁN.

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EXÁMENES Y EXAMINADORES

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Y una última del mismo doctor ROMERO:
-¿Por dónde se hace el alumbramiento?
Después de no leve vacilación, respondió el alumno:
-Por la uretra, doctor.
El doctor ROMERO se queda contemplando al alumno. Y luego, aproximándose a él, procurando no ser oído de sus compañeros de jurado, le dice:
Tal vez a usted le mearon. Lo que es a mí, me parieron.



20 marzo, 2010

El Hospital de San Andrés

Hace algunos días, el diario El Comercio alertó sobre el alquiler para comercio ambulatorio, de una parte de lo que antiguamente fue el Hospital Real de San Andrés, uno de los primeros nosocomios de la Lima virreinal, y sede del primer anfiteatro de Cirugía y Anatomía de la Facultad de Medicina de la Universidad de San Marcos. Bestialidades de este tipo no sorprenden en una ciudad como la nuestra, acostumbrada a pisotear su patrimonio cultural en aras de un modernismo mal entendido y vulgar. De todos modos, nuestro equipo* se hizo presente en el local del Jr. Huallaga 846, para captar algunas imágenes y recordar algo de historia.



El Hospital Real de San Andrés fue construido a mediados del siglo XVI, gracias al apoyo que el clérigo Francisco de Molina recibió del Virrey Andrés Hurtado de Mendoza, Marquez de Cañete; precisamente en agradecimiento, recibió el naciente nosocomio el nombre de pila de su benefactor. El cronista Fernando de Montesinos -citado por Juan B. Lastres-, nos narra a continuación el acto fundacional: "1560, vivía en este tiempo en Lima, un varon puro y santo llamado Francisco de Molina, clérigo; era natural simplícimo y sencillo, y tan caritativo, que llevaba a los pobres españoles a curar a su casa; doliase mucho porque en ella no había capacidad para curarlos tenia de ordinario seis camas y procurabales a los enfermos todo regalo; eran muchos los que acudían a valerse de su caridad, y hallandose imposibilitado de curarlos en la pequeña casa, pidio al Virrey le diera un sitio para llebar alli a sus pobres; diole el arrabal que es oy el sitio donde esta el ospital de San Andrés, con cargo que el ospital se habia de llamar deste nombre en memoria del suyo (El Virrey Don Andrés Hurtado de Mendoza) (...)". Cuentan Garcilaso de la Vega, José de Acosta y Antonio de la Calancha, que en aquellos años el mismo Virrey Marquez de Cañete habría ordenado enterrar aquí las momias de los incas Pachacútec, Túpac Yupanqui y Huayna Cápac, para evitar la adoración de los indígenas; entre el 2001 y el 2005, el historiador Teodoro Hampe y el arqueólogo Antonio Coello (continuando la labor iniciada en 1937 por José de la Riva Agüero) lideraron las excavaciones destinadas a ubicar los restos incaicos, sin éxito hasta el momento, faltando explorar precisamente la parte que ahora se encuentra bajo la zona comercial.
Al ser un Hospital Real, se encontraba bajo el patronazgo de la corona, la cual brindaba un aporte anual para su mantenimiento. Según Agustín Iza y Oswaldo Salaverry, "en esas épocas la atención de los enfermos era un acto de caridad cristiana. La salud era un don divino y la enfermedad una prueba de fe. El médico se formaba más como académico que como práctico y socialmente era mejor considerado en cuanto podía comentar adecuadamente los clásicos hipocráticos y galénicos. El principal objetivo al fundar un Hospital era brindar un ambiente para el buen morir. Los que padecían una enfermedad ligera o curable eran atendidos en sus domicilios". No se puede dejar de citar aquí la halagadora descripción que hizo Vásquez Espinoza -recogida también por Juan B. Lastres-: "El hospital Real de San Andrés fundó la piedad del Marquez de Cañete el viejo don Hurtado de mendoça, puede competir con los mejores del mundo, por que sin limite recibe, y sin fabores humanos los enfermos de todas enfermedades, qe por salas diferentes se reparten, sus salas, citio, y officinas parecen vn pueblo, tiene casa aparte de locos, y aunque en habitos de terceros tiene algunas personas siruientes, tiene cantidad de esclavos y esclauas para el servicio de los pobres (...)". Inclusive en 1816, el informe del Protomédico interino del Virreinato Miguel Tafur -citado por Óscar Valdivia Ponce- elogiaba la labor del Hospital Real en el cuidado de los alienados, al compararlo con otros establecimientos: "Allí (el Hospital de San Pedro), nada pueden adelantar los locos, sujetos a una cadena si son bravos o confinados a celdas si son mansos. Allí no hay loquería destinada al cuidado privativo de ellos, ni un loquero que se encargue de su aseo, limpieza y particular asistencia (...). La única casa que tenemos para estos es la loquería de San Andrés a donde se les cuida como exige su constitución, bañándolos, aseándolos y asistiéndolos del modo más conveniente al común y a cada uno en particular. Así el bien de la humanidad me estimula a lamentar el desorden y preocupación de que solo han de ir a ella los locos seculares, desdeñándose el clero y comunidades de readmitir allí los suyos (...) muchos se curarían sin duda, si en los conventos tuviesen asistencia y cuidado con que tales enfermos se tiene en la loquería de San Andrés, cuidado y asistencia que es imposible proporcionar en el Hospital de San Pedro y en las enfermerías de los conventos, a pesar de la dedicación y esmero que hay en todas ellas para la asistencia de las demás enfermedades".

Desde 1753, se había ordenado por soberana resolución, la creación de un anfiteatro anatómico "para que se instruyan los cirujanos y médicos de esta capital". La anatomía, hasta ese entonces, se había enseñado sólo teóricamente; según Agustín Iza y Oswaldo Salaverry, a los catedráticos de las asignaturas de método y anatomía se les designaba con el nombre de catedráticos in partibus (de anillo), porque no ejercían el cargo. En el "Libro de Actas de la Universidad" de 1780 (citado por Juan B. Lastres), puede leerse lo siguiente: "Que en efecto, en esos dias le habia ordenado pasase al Hospital de San Andres, y en Consorcio de Cathedratico de Anatomia y del Protomedico hiciese reconocimiento de alguna Sala o lugar comodo en donde pudiese formar un Anfiteatro para desecciones Anatomicas segun lo tenia ordenado su Magestad muchos años antes". No fue sin embargo, hasta noviembre de 1792, que la orden real se vio cumplida, al inaugurarse el anhelado anfiteatro, gracias a las gestiones de Hipólito Unanue y el apoyo del Virrey Frey Francisco Gil de Taboada y Lemos y Villamarín; en la ceremonia, pronunció Unanue su famosa oración "Decadencia y restauración del Perú".

A mediados del siglo XIX, el declive de la atención manicomial era evidente. Casimiro Ulloa, en la Gaceta Médica de Lima de 1857, se refirió a las loquerías de Santa Ana y San Andrés en los siguientes términos (citado por Óscar Valdivia Ponce): "hemos recorrido esas especies de cárceles que en Lima se honra con el nombre de casa de locos, nuestro corazón ha sido cruelmente herido de pesadumbre y angustia. Al ver el semblante de estos desdichados recostados en inmundos colchones sobre el suelo, o sobre gruesas tarimas, encerrados a pares en estrechas y húmedas celdas, sin más mueble que las vasijas de barro indispensable a sus más apremiantes necesidades: al verlos atados a las paredes de ellas con cadenas de hierro, o colocados sus pies en un cepo al mirarlos vagar por un corredor estrecho, sin otro cuadro a que volver los ojos que el espectáculo de las desgracias de sus compañeros de cárcel, no hemos podido alejar de nuestra memoria el recuerdo de las lastimosas escenas de que hemos hecho mención". El mismo Casimiro Ulloa (citado ahora por Juan B. Lastres) dijo en otro momento, refiriéndose a la loquería de San Andrés: "sin estar en deplorables condiciones, deja sin embargo, mucho que desear porque los infelices amentes muden cuanto antes del alojamiento. Allí hay es cierto más aseo, más vigilancia; pero todo esto no toca la medida de lo que se puede hacer en este género de servicios públicos". Por otro lado, según Baltazar Caravedo, el médico Miguel E. De los Ríos informó en 1853 a la Sociedad de Beneficencia Pública, "sobre el estado lamentable en que se encontraba la loquería que funciona en dicho establecimiento (el Hospital de San Andrés), solicitando para los enajenados, régimen menos cruel. Los pobres enfermos eran considerados como en tiempo de la colonia: encerrados en inmundos calabozos o sujetos con cadenas a los muros, sufrían el maltrato de guardianes convencidos de que la agresión era el mejor procedimiento para dominar a los agitados, a los indisciplinados y para todos aquellos que perturbaran la tranquilidad de la casa o de sus cuidadores".

El desprestigio de las loquerías de San Andrés y Santa Ana fue el motor que impulsó la fundación del Hospital Civil de la Misericordia (más conocido como Hospicio del Cercado), el cual funcionó desde 1859 hasta 1917, y al que fueron trasladados los enfermos mentales de las loquerías (de aquél sólo hemos llegado a ver una placa en el museo del Hospital Víctor Larco Herrera). El Hospital de San Andrés siguió funcionando hasta el 8 de marzo de 1875, cuando todos los pacientes pasaron al recién inaugurado Hospital Dos de Mayo. El local funcionó entonces como convento de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul, y desde 1929, de las Hijas de María Inmaculada. Posteriormente, parte del terreno terminó convertido en la actual Comisaría de San Andrés (frente a la Plaza Italia), y el resto fue utilizado por el Colegio Óscar Miró Quesada, hasta que en el 2007 los alumnos fueron evacuados por Defensa Civil, por riesgo de derrumbe.



Quién diría que tras esa fachada sucia y descuidada, se esconden siglos de historia y misterios por develar. Misterios que podrían quedar ocultos para siempre si los ímpetus mercantilistas de individuos ramplones y carentes de toda cultura, terminan imponiéndose. Como suele suceder en estos lares.
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Bibliografía:
- Caravedo Prado B. La reforma psiquiátrica en el Perú. Lima, 1985.
- Castelli A. La primera imagen del Hospital Real de San Andres a traves de la visita de 1563.
- Iza A, Salaverry O. El Hospital Real de San Andrés. Anales de la Facultad de Medicina UNMSM 2000; 61(3).
- Lastres JB. Historia de la medicina en el Perú. Tomo II: La medicina en el Virreinato. Lima, UNMSM, 1951.
- Lastres JB. Historia de la medicina en el Perú. Tomo III: La medicina en la República. Lima, UNMSM, 1951.
- Valdivia Ponce O. Panorama de la psiquiatría en el Perú. Lima: UNMSM, 1989.

Noticias relacionadas:
El Comercio - Histórico Hospital de San Andrés fue dañado (versión impresa).
El Comercio - Histórico Hospital de San Andrés fue dañado.
Generacción - Destruyen el Hospital de San Andrés.




* Equipo conformado por este servidor y su vieja cámara fotográfica.


20 febrero, 2010

A la droga dile... ¿sí?

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Recientemente, el escritor Mario Vargas Llosa publicó un artículo titulado "El otro estado", en el cual argumentaba a favor de la legalización de las drogas ilícitas, en base al fracaso reiterado de la lucha contra las mismas, que no ha tenido más logro que incrementar el poder del narcotráfico. Tema nada nuevo en realidad, pero que de todos modos genera polémica y exacerba los ánimos cada vez que es puesto sobre el tapete. No es el objetivo de esta breve entrada analizar los pros y contras de tal medida, ya bastante se ha escrito sobre el tema. Nos limitaremos solamente a recordar que las ahora sustancias criminalizadas, fueron alguna vez de uso difundido y aceptado plenamente. Más allá de lo que ahora podríamos imaginar.



Tabletas de cocaína con mentol (1900). "Calma instantáneamente los males de la garganta, tos, ronquera, etc. Restituye las cuerdas vocales, su flexibilidad y elasticidad. Indispensable para cantantes, profesores y oradores". Y hace hablar más de la cuenta, faltó añadir.



Vino de coca Metcalf. "Para la fatiga de la mente y del cuerpo ... Recomendado para neuralgia, cansancio, desaliento, etc. ... Un agradable tónico e irrigador". Bien agradable, sin duda.



Vino Mariani. Creado en 1863 por Angelo Mariani, se enorgullecía de contar como ingrediente la "coca del Perú", para proporcionar a sus entusiastas consumidores "salud, fuerza, energía y vitalidad", además de combatir la fatiga, "especialmente luego de la influenza" (¿inclusive la porcina?). Recomendada por "Su Santidad el Papa" León XIII, quien le otorgó una medalla de oro a Angelo Mariani. Amén.

Ni los niños se salvaban de los prodigios del alcaloide del Erythroxylon coca, administrado en gotitas que otorgaban una "cura instantánea" para la odontalgia (1885). Y por sólo 15 centavos.



No debería sorprendernos tanta acogida. La cocaína actúa a nivel cerebral bloqueando la recaptación -y por lo tanto aumentando la disponibilidad- de neurotransmisores tales como la dopamina y la noradrenalina, el primero de ellos asociado a los circuitos neuronales del placer.




Jarabe Víctor. Producto específicamente pediátrico, tenía como principio activo la marihuana (Cannabis sativa), con una posología muy estricta: "Para niños de dos días de nacidos, 1 gota; un mes, 5 a 10 gotas; tres meses, 10 a 16 gotas; 6 meses, 16 a 25 gotas; uno o más años de edad, 1 cucharadita de té; personas mayores pueden incrementar la dosis proporcionalmente".




Licor Montecristo de Haschisch. Elaborado ininterrumpidamente por Salvador Costa desde 1897 hasta 1976, sin prohibición alguna, pese a contener al reverso explícitamente la siguiente información: "Las propiedades de este licor se deducen de las siguientes aseveraciones científicas: EL HASCHISCH calma inmediatamente los dolores que producen los alimentos en el estómago en estado de irritabilidad extremada (G. Sée.) EL HASCHISCH es el verdadero sedante del estómago (Manquat, tomo II, página 486.) EL HASCHISCH exalta la tendencia a las ideas favoritas de cada cual (id., id., página 485.) EL HASCHISCH produce una especie de ensueño por lo común sumamente agradable en que el sujeto hállase como transportado a un mundo ideal, borrándose en su memoria las ideas de espacio y de tiempo. Después sobreviene un éxtasis voluptuoso que no tiene nada de cínico, al que sigue una languidez deliciosa (Trouseau y Padoux, tomo III, página 108.) La Cuasía es un aperitivo, un estomáquico y por consiguiente un tónico. Produce un aumento muy rápido del apetito y desarrollo manifiesto de las fuerzas: digestión completa de los alimentos y posibilidades de entregarse al trabajo por más tiempo y sin fatiga (Manquat, tomo I, páginas 640 y 641.) Como se deduce de lo anteriores hechos científicos, el licor fabricado por SALVADOR COSTA, a pequeñas dosis (de una a cuatro copas), calma rápidamente y con seguridad los dolores de estómago y ayuda a la digestión. Bebido en gran cantidad llega a producir una dulce embriaguez no peligrosa, descrita magistralmente por Trouseau en su Terapéutica. La embriaguez del HASCHISCH se disipa rápidamente con zumo de limón. MARCA REGISTRADA Casa fundada en 1897Fábrica y Despacho: Real de Madrid, 34-38, Albal (VALENCIA)." (Fuente: http://perso.wanadoo.es/jcuso/drogas-medicamentos/cannabis.htm)


Cigarros indios de Cannabis Indica, de Grimault y Cª (1870). Para la "opresión, asma, ronquera, sofocación". Quién podría dudar de tan convincente información: "Todos los remedios preconizados hasta hoy para combatir el asma, no han sido más que paliativos, más o menos calmantes, con base de belladona, de estramonio o de opio. Recientes experimentos hechos en Alemania y repetidos en Francia y en Inglaterra han probado que el cáñamo índico de Bengala posee notables propiedades para combatir con éxito seguro, no sólo esa terrible enfermedad, sino también la tos nerviosa, la insomnia, la tisis laríngea, la ronquera, la extinción de voz y las neuralgias faciales". (Fuente: http://perso.wanadoo.es/jcuso/drogas-medicamentos/cannabis.htm)


El mecanismo de acción de los cannabinoides y de los endocannabinoides es complejo e involucra a varios neurotransmisores, tales como la dopamina, la serotonina, el ácido gammaaminobutírico, el glutamato y los péptidos opioides.


Vapor Ol. Tratamiento para el asma, con alcohol y opio como ingredientes. Ningún bronquio se resistía.

Paregoric. 46 % de alcohol y 1 8/10 granos de opio, para esos bebes rebeldes que con su llanto impertinente, impedían a sus padres entregarse a los brazos de Morfeo (o de cualquier otro). Con la dosis incluida: "Cinco días de edad, 5 gotas. Dos semanas de edad, 8 gotas. Cinco años de edad, 25 gotas. Adultos, 1 cucharadita de té".


Jarabe Bayer de heroína. Comercializado entre 1890 y 1912, "en la tos fuerte". El niño de la izquierda parece estar diciendo "¡madre, quiero mi heroína!. Para exclamar luego agradecido: "mi catarro ha desaparecido" (y algo nuevo ha aparecido). Qué tiempos aquéllos. (Fuente: http://perso.wanadoo.es/jcuso/drogas-medicamentos/heroina-jarabe-bayer.htm).

Glyco-Heroína Smith. Para la "tos, bronquitis, tisis, asma, laringitis, neumonía y tos ferina". Toda una panacea respiratoria.


Tanto los opiáceos (alcaloides del opio), como los opioides sintéticos y los opioides endógenos, actúan a través de receptores específicos, relacionados también con los circuitos neuronales del placer y del dolor. Es justamente el efecto analgésico, además del antitusígeno, lo que hizo a los opioides tan populares contra las dolencias respiratorias.

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¿Y el alcohol? Desde tiempos inmemoriales se conocen sus efectos deletéreos, tanto de la intoxicación como de su uso crónico. Según la OMS (2004), existen 76 millones de personas en el mundo con problemas por alcohol, siendo esta sustancia la causa del 20-30% de todos los casos de cáncer de esófago, cáncer hepático, cirrosis hepática, convulsiones, homicidios y accidentes de tránsito en todo el mundo, y responsable de 1.8 millones de muertes/año. El Estudio Epidemiológico de Salud Mental del INSM encontró en Lima (Perú) una prevalencia anual de abuso / dependencia alcohólica del 5.3% (comparado con 0.4 para cocaína y 0.15% para marihuana); en Ayacucho, el porcentaje de abuso / dependencia alcohólica llega hasta 15%.

Pero claro, ante la descomunal y sugestiva propaganda de las cerveceras, ¿a quién se le ocurriría hablar siquiera de restricciones? Definitivamente, la guerra contra las drogas no va por ahí.