20 marzo, 2010

El Hospital de San Andrés

Hace algunos días, el diario El Comercio alertó sobre el alquiler para comercio ambulatorio, de una parte de lo que antiguamente fue el Hospital Real de San Andrés, uno de los primeros nosocomios de la Lima virreinal, y sede del primer anfiteatro de Cirugía y Anatomía de la Facultad de Medicina de la Universidad de San Marcos. Bestialidades de este tipo no sorprenden en una ciudad como la nuestra, acostumbrada a pisotear su patrimonio cultural en aras de un modernismo mal entendido y vulgar. De todos modos, nuestro equipo* se hizo presente en el local del Jr. Huallaga 846, para captar algunas imágenes y recordar algo de historia.



El Hospital Real de San Andrés fue construido a mediados del siglo XVI, gracias al apoyo que el clérigo Francisco de Molina recibió del Virrey Andrés Hurtado de Mendoza, Marquez de Cañete; precisamente en agradecimiento, recibió el naciente nosocomio el nombre de pila de su benefactor. El cronista Fernando de Montesinos -citado por Juan B. Lastres-, nos narra a continuación el acto fundacional: "1560, vivía en este tiempo en Lima, un varon puro y santo llamado Francisco de Molina, clérigo; era natural simplícimo y sencillo, y tan caritativo, que llevaba a los pobres españoles a curar a su casa; doliase mucho porque en ella no había capacidad para curarlos tenia de ordinario seis camas y procurabales a los enfermos todo regalo; eran muchos los que acudían a valerse de su caridad, y hallandose imposibilitado de curarlos en la pequeña casa, pidio al Virrey le diera un sitio para llebar alli a sus pobres; diole el arrabal que es oy el sitio donde esta el ospital de San Andrés, con cargo que el ospital se habia de llamar deste nombre en memoria del suyo (El Virrey Don Andrés Hurtado de Mendoza) (...)". Cuentan Garcilaso de la Vega, José de Acosta y Antonio de la Calancha, que en aquellos años el mismo Virrey Marquez de Cañete habría ordenado enterrar aquí las momias de los incas Pachacútec, Túpac Yupanqui y Huayna Cápac, para evitar la adoración de los indígenas; entre el 2001 y el 2005, el historiador Teodoro Hampe y el arqueólogo Antonio Coello (continuando la labor iniciada en 1937 por José de la Riva Agüero) lideraron las excavaciones destinadas a ubicar los restos incaicos, sin éxito hasta el momento, faltando explorar precisamente la parte que ahora se encuentra bajo la zona comercial.
Al ser un Hospital Real, se encontraba bajo el patronazgo de la corona, la cual brindaba un aporte anual para su mantenimiento. Según Agustín Iza y Oswaldo Salaverry, "en esas épocas la atención de los enfermos era un acto de caridad cristiana. La salud era un don divino y la enfermedad una prueba de fe. El médico se formaba más como académico que como práctico y socialmente era mejor considerado en cuanto podía comentar adecuadamente los clásicos hipocráticos y galénicos. El principal objetivo al fundar un Hospital era brindar un ambiente para el buen morir. Los que padecían una enfermedad ligera o curable eran atendidos en sus domicilios". No se puede dejar de citar aquí la halagadora descripción que hizo Vásquez Espinoza -recogida también por Juan B. Lastres-: "El hospital Real de San Andrés fundó la piedad del Marquez de Cañete el viejo don Hurtado de mendoça, puede competir con los mejores del mundo, por que sin limite recibe, y sin fabores humanos los enfermos de todas enfermedades, qe por salas diferentes se reparten, sus salas, citio, y officinas parecen vn pueblo, tiene casa aparte de locos, y aunque en habitos de terceros tiene algunas personas siruientes, tiene cantidad de esclavos y esclauas para el servicio de los pobres (...)". Inclusive en 1816, el informe del Protomédico interino del Virreinato Miguel Tafur -citado por Óscar Valdivia Ponce- elogiaba la labor del Hospital Real en el cuidado de los alienados, al compararlo con otros establecimientos: "Allí (el Hospital de San Pedro), nada pueden adelantar los locos, sujetos a una cadena si son bravos o confinados a celdas si son mansos. Allí no hay loquería destinada al cuidado privativo de ellos, ni un loquero que se encargue de su aseo, limpieza y particular asistencia (...). La única casa que tenemos para estos es la loquería de San Andrés a donde se les cuida como exige su constitución, bañándolos, aseándolos y asistiéndolos del modo más conveniente al común y a cada uno en particular. Así el bien de la humanidad me estimula a lamentar el desorden y preocupación de que solo han de ir a ella los locos seculares, desdeñándose el clero y comunidades de readmitir allí los suyos (...) muchos se curarían sin duda, si en los conventos tuviesen asistencia y cuidado con que tales enfermos se tiene en la loquería de San Andrés, cuidado y asistencia que es imposible proporcionar en el Hospital de San Pedro y en las enfermerías de los conventos, a pesar de la dedicación y esmero que hay en todas ellas para la asistencia de las demás enfermedades".

Desde 1753, se había ordenado por soberana resolución, la creación de un anfiteatro anatómico "para que se instruyan los cirujanos y médicos de esta capital". La anatomía, hasta ese entonces, se había enseñado sólo teóricamente; según Agustín Iza y Oswaldo Salaverry, a los catedráticos de las asignaturas de método y anatomía se les designaba con el nombre de catedráticos in partibus (de anillo), porque no ejercían el cargo. En el "Libro de Actas de la Universidad" de 1780 (citado por Juan B. Lastres), puede leerse lo siguiente: "Que en efecto, en esos dias le habia ordenado pasase al Hospital de San Andres, y en Consorcio de Cathedratico de Anatomia y del Protomedico hiciese reconocimiento de alguna Sala o lugar comodo en donde pudiese formar un Anfiteatro para desecciones Anatomicas segun lo tenia ordenado su Magestad muchos años antes". No fue sin embargo, hasta noviembre de 1792, que la orden real se vio cumplida, al inaugurarse el anhelado anfiteatro, gracias a las gestiones de Hipólito Unanue y el apoyo del Virrey Frey Francisco Gil de Taboada y Lemos y Villamarín; en la ceremonia, pronunció Unanue su famosa oración "Decadencia y restauración del Perú".

A mediados del siglo XIX, el declive de la atención manicomial era evidente. Casimiro Ulloa, en la Gaceta Médica de Lima de 1857, se refirió a las loquerías de Santa Ana y San Andrés en los siguientes términos (citado por Óscar Valdivia Ponce): "hemos recorrido esas especies de cárceles que en Lima se honra con el nombre de casa de locos, nuestro corazón ha sido cruelmente herido de pesadumbre y angustia. Al ver el semblante de estos desdichados recostados en inmundos colchones sobre el suelo, o sobre gruesas tarimas, encerrados a pares en estrechas y húmedas celdas, sin más mueble que las vasijas de barro indispensable a sus más apremiantes necesidades: al verlos atados a las paredes de ellas con cadenas de hierro, o colocados sus pies en un cepo al mirarlos vagar por un corredor estrecho, sin otro cuadro a que volver los ojos que el espectáculo de las desgracias de sus compañeros de cárcel, no hemos podido alejar de nuestra memoria el recuerdo de las lastimosas escenas de que hemos hecho mención". El mismo Casimiro Ulloa (citado ahora por Juan B. Lastres) dijo en otro momento, refiriéndose a la loquería de San Andrés: "sin estar en deplorables condiciones, deja sin embargo, mucho que desear porque los infelices amentes muden cuanto antes del alojamiento. Allí hay es cierto más aseo, más vigilancia; pero todo esto no toca la medida de lo que se puede hacer en este género de servicios públicos". Por otro lado, según Baltazar Caravedo, el médico Miguel E. De los Ríos informó en 1853 a la Sociedad de Beneficencia Pública, "sobre el estado lamentable en que se encontraba la loquería que funciona en dicho establecimiento (el Hospital de San Andrés), solicitando para los enajenados, régimen menos cruel. Los pobres enfermos eran considerados como en tiempo de la colonia: encerrados en inmundos calabozos o sujetos con cadenas a los muros, sufrían el maltrato de guardianes convencidos de que la agresión era el mejor procedimiento para dominar a los agitados, a los indisciplinados y para todos aquellos que perturbaran la tranquilidad de la casa o de sus cuidadores".

El desprestigio de las loquerías de San Andrés y Santa Ana fue el motor que impulsó la fundación del Hospital Civil de la Misericordia (más conocido como Hospicio del Cercado), el cual funcionó desde 1859 hasta 1917, y al que fueron trasladados los enfermos mentales de las loquerías (de aquél sólo hemos llegado a ver una placa en el museo del Hospital Víctor Larco Herrera). El Hospital de San Andrés siguió funcionando hasta el 8 de marzo de 1875, cuando todos los pacientes pasaron al recién inaugurado Hospital Dos de Mayo. El local funcionó entonces como convento de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul, y desde 1929, de las Hijas de María Inmaculada. Posteriormente, parte del terreno terminó convertido en la actual Comisaría de San Andrés (frente a la Plaza Italia), y el resto fue utilizado por el Colegio Óscar Miró Quesada, hasta que en el 2007 los alumnos fueron evacuados por Defensa Civil, por riesgo de derrumbe.



Quién diría que tras esa fachada sucia y descuidada, se esconden siglos de historia y misterios por develar. Misterios que podrían quedar ocultos para siempre si los ímpetus mercantilistas de individuos ramplones y carentes de toda cultura, terminan imponiéndose. Como suele suceder en estos lares.
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Bibliografía:
- Caravedo Prado B. La reforma psiquiátrica en el Perú. Lima, 1985.
- Castelli A. La primera imagen del Hospital Real de San Andres a traves de la visita de 1563.
- Iza A, Salaverry O. El Hospital Real de San Andrés. Anales de la Facultad de Medicina UNMSM 2000; 61(3).
- Lastres JB. Historia de la medicina en el Perú. Tomo II: La medicina en el Virreinato. Lima, UNMSM, 1951.
- Lastres JB. Historia de la medicina en el Perú. Tomo III: La medicina en la República. Lima, UNMSM, 1951.
- Valdivia Ponce O. Panorama de la psiquiatría en el Perú. Lima: UNMSM, 1989.

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* Equipo conformado por este servidor y su vieja cámara fotográfica.