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11 abril, 2020
26 enero, 2018
14 septiembre, 2017
Neuroimágenes y psiquiatría: una visión crítica
Tema presentado en el XXIV Congreso Peruano de Psiquiatría, el 2 de septiembre del 2017.
Comenzaremos citando el siguiente párrafo de un artículo científico de 1985:
“Cinco nuevas técnicas de imagen -tomografía computarizada, mapeo de actividad eléctrica cerebral, técnicas de flujo sanguíneo cerebral, tomografía por emisión de positrones y resonancia magnética nuclear- son prometedoras para profundizar el conocimiento de la fisiopatología, el diagnóstico y el tratamiento de pacientes psiquiátricos” (1).
Tres décadas después podemos leer las siguientes publicaciones del 2016:
“Los recientes avances en la adquisición y análisis de datos de las neuroimágenes sostienen la promesa de mejorar la capacidad de hacer diagnósticos y predicciones pronósticas y planificar el tratamiento de los trastornos neuropsiquiátricos” (2).
“La neuroimagen estructural en la investigación de la psicosis no ha llevado todavía a las aplicaciones clínicas que se previeron” (3).
Estas citas representan dos opiniones actuales sobre el rol de las neuroimágenes en la psiquiatría: una que sigue prometiendo grandes logros y la otra que admite no haber cumplido las promesas que se hicieron antes. La presente exposición brindará un punto de vista crítico sobre el uso de las neuroimágenes en la psiquiatría, reconociendo sus valiosos aportes a la investigación neurocientífica, pero también sus limitaciones, para no caer en discursos grandilocuentes ni pretensiones carentes de sustento, como sucede con cierta frecuencia.
Hay quienes promueven el uso de las neuroimágenes para el diagnóstico y tratamiento, no solo de diversos trastornos mentales, sino también de situaciones tales como conflictos conyugales, como proclama la web de Amen Clinics:
Otros han llegado a proponer el uso de las imágenes cerebrales para detectar corruptos en potencia, en aras de una utópica "neurodemocracia":
Cabe preguntarse: ¿es así realmente? ¿podemos detectar conflictos de pareja o futura corrupción con las técnicas de imagenología? ¿son el bien y el mal ubicables en un sitio cerebral? Es más, ¿las neuroimágenes nos permiten ver el cerebro funcionando directamente, tal como parecieran creer muchos?
Debemos mencionar previamente que hay dos tipos de neuroimágenes: las estructurales, que muestran básicamente la arquitectura del sistema nervioso, y las funcionales, que intentan detectar cambios asociados a la función neuronal.
Asimismo, debemos recordar que las neuroimágenes han venido ofreciendo las siguientes contribuciones en el campo de la psiquiatría:
- Detectar trastornos neurológicos que se manifiesten con síntomas mentales (diagnóstico de descarte).
- Descubrir la fisiopatología de los trastornos psiquiátricos.
- Detectar directamente trastornos psiquiátricos.
- Diferenciar trastornos psiquiátricos entre sí
- Detectar población vulnerable para desarrollar trastornos mentales.
- Detectar simulaciones.
- Predecir el curso de los trastornos psiquiátricos.
- Evaluar la eficacia de los tratamientos psiquiátricos
De todos estos ofrecimientos, hasta la actualidad solo se ha cumplido de manera indiscutible con el primero, como puede verse en las siguientes imágenes estructurales de un tumor cerebral y de un caso de esclerosis múltiple, respectivamente:
Existen de todos modos imágenes supuestamente representativas de diferentes trastornos mentales, las mismas que suelen aparecer en publicaciones científicas y, por supuesto, también en la web de Amen Clinics:
No obstante, la especificidad de estas imágenes ha sido cuestionada. Por ejemplo, en el caso de la esquizofrenia, es verdad que la mayoría de artículos han reportado un patrón de hipofrontalidad (4,5), pero hay otros que no han encontrado diferencias entre entre la actividad cerebral anterior y la posterior (6,7), y existen algunos que han descrito inclusive hiperfrontalidad (8,9). Por otro lado, algunos estudios no han hallado diferencias imagenológicas entre la depresión primaria y la depresión asociada a patologías neurológicas como la enfermedad de Parkinson, la corea de Huntington y el accidente cerebrovascular (10-12).
Por su parte, la activación de la amígdala cerebral ha sido asociada generalmente con diferentes trastornos de ansiedad (13,14), pero también hay reportes que la relacionan con depresión mayor (15), trastorno bipolar (16), esquizofrenia (17) y trastornos de la personalidad (18,19).
Existen también descripciones de imágenes asociadas a estados emocionales no patológicos, tales como la tristeza, la alegría, la ira, etc. e inclusive a situaciones como la meditación, todo lo cual plantea interrogantes como: ¿son los patrones imagenológicos específicos de trastornos mentales o solo el reflejo de estados emocionales transitorios? ¿podemos utilizar las neuroimágenes para dar "neurorealismo" -siguiendo el término propuesto por Racine- (20) a los diagnósticos psiquiátricos, o la condición de patología no puede determinarse solo por la base biológica sino adicionalmente por factores de otra índole?
Volveremos ahora a la pregunta planteada previamente: ¿las neuroimágenes nos permiten ver directamente el cerebro funcionando? La respuesta es no. En realidad, las neuroimágenes funcionales miden la actividad hemodinámica o metabólica asociada a la actividad neuronal. Más específicamente, lo que se conoce como la señal BOLD (blood oxygenation level-dependent), que es una forma de cuantificar la cantidad de hemoglobina desoxigenada, y parámetros metabólicos como el CRMG (cerebral metabolic rate for glucose), que es una medida del consumo de glucosa a nivel cerebral. Dichas medidas son procesadas por programas informáticos, que analizan los datos en base a unidades denominadas vóxeles (el equivalente tridimensional de los píxeles) y generan las imágenes coloreadas que hemos visto.
Para que dicho proceso sea válido, deben asumirse los siguientes supuestos:
- El programa informático funciona con un mínimo de errores.
- Toda actividad hemodinámica o metabólica detecta una actividad neuronal.
- Toda actividad neuronal genera una actividad hemodinámica o metabólica.
- Activación indica estimulación y no activación indica inhibición.
- La actividad neuronal indica la localización de la conducta o sensación que se pretende evaluar.
- Toda conducta o sensación es localizable.
Veremos si estos supuestos se cumplen realmente.
En primer lugar, algunos autores han cuestionado los métodos estadísticos utilizados para analizar las investigaciones imagenológicas. Abajo, por ejemplo, podemos ver un estudio del 2009 (21) que evaluó la respuesta a un test cognitivo, detectando la activación de determinadas áreas cerebrales. Lo anecdótico del caso es que el sujeto de investigación fue un salmón, y por añadidura, muerto. De este modo poco convencional los autores demostraron el riesgo de hallar falsos positivos con determinados métodos estadísticos.
Otra publicación del 2009 (22) observó que algunos de los estudios de neuroimágenes mostraban índices de correlación excesivamente elevados, lo cual fue atribuido por los autores a un error estadístico conocido como análisis no independiente, que consiste en hacer primero un análisis selectivo de las zonas activadas y luego un análisis de los resultados del mismo conjunto de datos, pero solo en las áreas seleccionadas, lo que constituye una forma de análisis circular. Esto ha sido después refutado, y las refutaciones a su vez contrarrefutadas, por lo que el debate ha continuado.
En segundo lugar, se sabe que existen algunos factores que influyen en la respuesta BOLD. Uno de ellos es el nivel de CO2. Por ejemplo, otra investigación del 2009 (23) midió la señal BOLD, es decir el consumo neuronal de O2, en personas que contenían la respiración durante 15, 30 y 45 segundos. Se vio entonces que en todas había primero un descenso de la señal BOLD pero luego un incremento, que era mayor cuanto más tiempo se contenía la respiración, como se ve en el gráfico. Se sabe también que otros factores influyen en la señal BOLD, como son el tabaco, el alcohol, los estimulantes, la edad y las enfermedades cerebro vasculares. De tal modo que, si bien la señal BOLD generalmente se correlaciona con la actividad neuronal, no es una medida directa, y puede verse afectada por diversos factores.
En tercer lugar, dentro de los microcircuitos neuronales se dan mecanismos de excitación e inhibición, que pueden tener un balance neto excitatorio o inhibitorio dependiendo de cuál predomine. Y esto no necesariamente se correlaciona con la activación o desactivación en términos de señal BOLD. Por ejemplo, en la imagen de abajo (24) podemos ver, primero una activación tanto de las neuronas excitatorias como inhibitorias, incrementando el consumo de O2 y por lo tanto, dando una señal BOLD positiva, aunque el balance neto sea neutro; en el segundo caso no hay una activación, por lo que no hay una señal BOLD, y el balance también es neutro; en el tercero sí hay una correspondencia entre activación y excitación, pues el balance se inclina hacia la excitación, y en el cuerto tenemos un balance neto hacia la inhibición, que podría llevar hacia un consumo menor de O2, pero esto es variable. Por lo tanto, una activación en la imagen funcional no necesariamente revelaría un efecto neto excitatorio.
Revisaremos finalmente el concepto de localización, que como hemos visto, es una de los supuestos básicos de las neuroimágenes. Cuando hablamos de manifestaciones físicas, puede haber una correlación clara entre lesión y síntoma o signo. Por ejemplo, una tuberculosis pulmonar suele producir tos, y esto no depende de variables culturales ni psicológicas, por lo que la tos tuberculosa se presenta igual en el Perú, en Botswana o en Lituania. Del mismo modo, si nos referimos al sistema nervioso, un tumor cerebral suele generar convulsiones, dependiendo de la localización, también sin importar la cultura, el idioma o la religión de la víctima. Pero la situación no es exactamente igual cuando nos referimos a los síntomas mentales. Si bien no puede negarse que toda conducta o sensación tienen su origen en el cerebro, la manifestación de ese origen cerebral, o elemento biológico -según el modelo de abajo, planteado por Marková y Berrios (25)-, no se expresa de manera directa, sino que pasa por un elemento semántico, y este elemento semántico tiene que ver con la forma como el individuo refiere la sensación interna. Esto depende de las experiencias previas, de la cultura y del repertorio lingüístico de la persona, y también del marco conceptual de quien escucha a esa persona y lo traduce al lenguaje especializado. De tal modo que un mismo elemento biológico, que puede ser una lesión, un desequilibrio de neurotransmisores, etc, puede dar lugar a dos síntomas mentales en diferentes personas, o a la inversa, dos elementos biológicos pueden dar la misma manifestación en personas distintas, dependiendo del elemento semántico. Esto lleva a que la tarea de localización cerebral de los síntomas mentales sea algo complejo y no tan directo e inequívoco como a veces lo presentan los estudios de neuroimágenes.
En suma, no se ha planteado el descarte de la investigación neuroimagenológica, pero sí hemos visto que hay cuestionamientos que tienen que ver con los análisis estadísticos, con las técnicas empleadas y con los conceptos mismos de localización cerebral, que deberían llevar a una visión más realista y prudente de los alcances de esta tecnología, y a evitar falsas promesas y usos inadecuados en la práctica cotidiana de la psiquiatría.
Referencias
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Publicaciones relacionadas
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- Kriegeskorte N1, Simmons WK, Bellgowan PS, Baker CI. Circular analysis in systems neuroscience: the dangers of double dipping. Nat Neurosci. 2009; 12 (5): 535-540.
- Martínez Sánchez A. Neuroimágenes y neurodisciplinas: sobre ciertas limitaciones de la utilización de la imagen por resonancia magnética funcional (irmf). Revista Internacional de Filosofía. 2013 (59): 115-123.
- Pérez Álvarez M. El magnetismo de las neuroimágenes: Moda, mito e ideología del cerebro. Papeles del Psicólogo. 2011; 32 (2): 98-112.
26 enero, 2016
¿La psiquiatría es "solo para locos"?
En la práctica de la psiquiatría es bastante habitual encontrar personas renuentes a cualquier tipo de ayuda proveniente de aquella especialidad, bajo la premisa de que "la psiquiatría es solo para locos". Sería, por supuesto, anacrónico y hasta contradictorio avalar semejante aseveración desde esta tribuna; pero tampoco puede negársele cierto fundamento histórico.
En este sentido, debemos recordar que la psiquiatría tuvo sus orígenes durante el siglo XIX, como heredera del alienismo, disciplina médica encargada de la custodia de los insanos en el manicomio, lugar natural y hasta terapéutico de todo aquel que perdiese el juicio, según la ciencia médica de aquel entonces. La palabra "psiquiatría" había sido acuñada por Johann Christian Reil en 1808, en un artículo titulado "Sobre el concepto de medicina y sus ramas, especialmente en relación a la rectificación del tópico en psiquiatría", pero demoró algunas décadas en imponerse.
Para los autores representativos del alienismo no existían "enfermedades mentales" como las entendemos en la actualidad, sino un estado único de "alienación mental", que podía asumir diferentes variedades pero sin perder su unicidad. Estas variedades eran relativamente pocas; así, Philippe Pinel describió cuatro en su "Tratado médico-filosófico sobre la alienación mental" de 1809: manía, melancolía, demencia e idiotismo.
Vale aclarar que la supervivencia de algunos términos del léxico psiquiátrico no debe llevarnos a equívocos. La manía de aquel entonces hacía referencia a cualquier estado de agitación o furor desencadenado por un delirio general; la melancolía se caracterizaba por un delirio exclusivo que podía conducir (pero no necesariamente) al aislamiento y estupor; la demencia hacía alusión a una debilidad general de las funciones intelectuales y afectivas, y el idiotismo era un estado de abolición absoluta del entendimiento (Jean Étienne Esquirol cambió esta denominación por idiocia, y le atribuyó el carácter congénito que prevaleció en lo sucesivo). Elaborar equivalencias indebidas lleva a la falacia de la continuidad de ciertos diagnósticos, y esto refuerza la idea de un "descubrimiento" progresivo de entidades nosológicas que existen naturalmente y al margen de nuestro entendimiento. Refutando tal creencia, se puede decir que los diagnósticos son elaboraciones hechas para agrupar, comprender y (en la medida de lo posible) tratar determinados comportamientos juzgados como anormales.
La psiquiatría como especialidad médica se afianzó cuando los muros del asilo fueron traspasados y la patología mental comenzó a ser buscada en el mundo exterior. De este modo, el campo de los trastornos mentales dejó de circunscribirse a la pérdida del juicio y comenzó a abarcar diferentes estados que pudiesen generar sufrimiento o que significaran una desviación respecto al comportamiento promedio ("normal"). Así, con el transcurso del tiempo, el campo de la psiquiatría se extendió significativamente.
Según la Organización Mundial de la Salud, aproximadamente 1 de cada 3 personas en el mundo ha tenido un trastorno mental durante su vida. En otras palabras, 1 de cada 3 personas en el mundo tendría que recibir tratamiento psiquiátrico en algún momento de su existencia, sino en varios. No han faltado quienes advierten sobre el aumento de las enfermedades mentales en todo el orbe. Al respecto caben tres hipótesis: 1) que realmente se haya incrementado la incidencia de trastornos psiquiátricos en el mundo, producto del estrés que genera la sociedad actual o cualquier otra etiología; 2) que en realidad no haya un aumento de trastornos mentales, sino que, al haber cada vez más acceso a los servicios de salud mental y menos estigma hacia el tema, cada vez más personas con padecimientos mentales se atreven a acudir a los psiquiatras y son (felizmente) diagnosticadas y tratadas (la hipótesis de la demanda oculta), y 3) que no haya cada vez más trastornos mentales ni que cada vez más personas con trastornos mentales salgan del anonimato, sino que la frontera entre la normalidad y la psicopatología se ha redefinido a lo largo del último siglo, llevando a que se considere como anómalas situaciones que antes no lo eran.
Mucho se ha escrito sobre la inclusión de cada vez más entidades nosológicas en las clasificaciones de uso internacional. Por ejemplo, la primera versión del Diagnostic and Statistical Manual de la Asociación Psiquiátrica Americana (DSM I, 1952) comprendía 106 categorías diagnósticas, en tanto que la última versión (DSM 5, 2013) ha llegado a comprender 216. En esta proliferación de diagnósticos podría haber influido la industria de los medicamentos, evidentemente interesada en extender las prescripciones de una psiquiatría cada vez más farmacológica. Vale aclarar que esto no es patrimonio de la especialidad de la mente, sino que involucra a toda la medicina.
No pretende este escrito descalificar del todo al DSM ni a la Décima Clasificación Internacional de Enfermedades de la Organización Mundial de la Salud (CIE 10), como plantean algunos autores, que tildan a dichos manuales como "recetas de cocina". De hecho, el tener cierto consenso diagnóstico en diferentes partes del mundo resulta imprescindible para los estudios de investigación, tanto clínica como epidemiológica. Pero aun así es válido pensar que la supuesta "epidemia psiquiátrica" podría no ser más que un artificio generado por una expansión epistemológica de la psiquiatría, en detrimento de los cada vez más exiguos territorios de la normalidad.
Tampoco se entienda la pregunta titular como una invitación a responderla afirmativamente. Como se dice en el primer párrafo, sería anacrónico plantear un retorno de la psiquiatría a los fueros iniciales de la locura, pues muchas personas con trastornos menos graves encuentran alivio a su malestar con los tratamientos que ofrece aquella especialidad, y en esto cabe deslindar con las posturas extremistas de la antipsiquiatría, que niega inclusive la existencia de cualquier trastorno mental. Pero tengamos presente que la psiquiatrización de la vida cotidiana resulta cuestionable (no todo sufrimiento es enfermedad), más aún si va de la mano con una farmacolización excesiva, que desdeña otras alternativas terapéuticas, y con una visión etiológica simplista que pretende reducir cualquier comportamiento humano a desequilibrios de los neurotransmisores. Así pues, resulta cada vez más frecuente escuchar a quienes dicen estar deprimidos porque les "falta serotonina".
La farmacolización excesiva es producto no solamente de la influencia de la industria farmacéutica, sino también de una oferta que se ha visto sobrepasada por la demanda, llevando a consultas médicas cada vez más breves y, por lo tanto, propensas al diagnóstico rápido y el tratamiento apresurado. El mismo público es muchas veces exigente con la prescripción de psicofármacos, lo cual se traduce en un consumo creciente de tranquilizantes, que son muchas veces autorecetados o indicados por personas no expertas. Tal será la consecuencia de haberle "perdido el miedo" a los tratamientos psiquiátricos.
Bibliografía
Para los autores representativos del alienismo no existían "enfermedades mentales" como las entendemos en la actualidad, sino un estado único de "alienación mental", que podía asumir diferentes variedades pero sin perder su unicidad. Estas variedades eran relativamente pocas; así, Philippe Pinel describió cuatro en su "Tratado médico-filosófico sobre la alienación mental" de 1809: manía, melancolía, demencia e idiotismo.
Vale aclarar que la supervivencia de algunos términos del léxico psiquiátrico no debe llevarnos a equívocos. La manía de aquel entonces hacía referencia a cualquier estado de agitación o furor desencadenado por un delirio general; la melancolía se caracterizaba por un delirio exclusivo que podía conducir (pero no necesariamente) al aislamiento y estupor; la demencia hacía alusión a una debilidad general de las funciones intelectuales y afectivas, y el idiotismo era un estado de abolición absoluta del entendimiento (Jean Étienne Esquirol cambió esta denominación por idiocia, y le atribuyó el carácter congénito que prevaleció en lo sucesivo). Elaborar equivalencias indebidas lleva a la falacia de la continuidad de ciertos diagnósticos, y esto refuerza la idea de un "descubrimiento" progresivo de entidades nosológicas que existen naturalmente y al margen de nuestro entendimiento. Refutando tal creencia, se puede decir que los diagnósticos son elaboraciones hechas para agrupar, comprender y (en la medida de lo posible) tratar determinados comportamientos juzgados como anormales.
La psiquiatría como especialidad médica se afianzó cuando los muros del asilo fueron traspasados y la patología mental comenzó a ser buscada en el mundo exterior. De este modo, el campo de los trastornos mentales dejó de circunscribirse a la pérdida del juicio y comenzó a abarcar diferentes estados que pudiesen generar sufrimiento o que significaran una desviación respecto al comportamiento promedio ("normal"). Así, con el transcurso del tiempo, el campo de la psiquiatría se extendió significativamente.
Según la Organización Mundial de la Salud, aproximadamente 1 de cada 3 personas en el mundo ha tenido un trastorno mental durante su vida. En otras palabras, 1 de cada 3 personas en el mundo tendría que recibir tratamiento psiquiátrico en algún momento de su existencia, sino en varios. No han faltado quienes advierten sobre el aumento de las enfermedades mentales en todo el orbe. Al respecto caben tres hipótesis: 1) que realmente se haya incrementado la incidencia de trastornos psiquiátricos en el mundo, producto del estrés que genera la sociedad actual o cualquier otra etiología; 2) que en realidad no haya un aumento de trastornos mentales, sino que, al haber cada vez más acceso a los servicios de salud mental y menos estigma hacia el tema, cada vez más personas con padecimientos mentales se atreven a acudir a los psiquiatras y son (felizmente) diagnosticadas y tratadas (la hipótesis de la demanda oculta), y 3) que no haya cada vez más trastornos mentales ni que cada vez más personas con trastornos mentales salgan del anonimato, sino que la frontera entre la normalidad y la psicopatología se ha redefinido a lo largo del último siglo, llevando a que se considere como anómalas situaciones que antes no lo eran.
Mucho se ha escrito sobre la inclusión de cada vez más entidades nosológicas en las clasificaciones de uso internacional. Por ejemplo, la primera versión del Diagnostic and Statistical Manual de la Asociación Psiquiátrica Americana (DSM I, 1952) comprendía 106 categorías diagnósticas, en tanto que la última versión (DSM 5, 2013) ha llegado a comprender 216. En esta proliferación de diagnósticos podría haber influido la industria de los medicamentos, evidentemente interesada en extender las prescripciones de una psiquiatría cada vez más farmacológica. Vale aclarar que esto no es patrimonio de la especialidad de la mente, sino que involucra a toda la medicina.
No pretende este escrito descalificar del todo al DSM ni a la Décima Clasificación Internacional de Enfermedades de la Organización Mundial de la Salud (CIE 10), como plantean algunos autores, que tildan a dichos manuales como "recetas de cocina". De hecho, el tener cierto consenso diagnóstico en diferentes partes del mundo resulta imprescindible para los estudios de investigación, tanto clínica como epidemiológica. Pero aun así es válido pensar que la supuesta "epidemia psiquiátrica" podría no ser más que un artificio generado por una expansión epistemológica de la psiquiatría, en detrimento de los cada vez más exiguos territorios de la normalidad.
Tampoco se entienda la pregunta titular como una invitación a responderla afirmativamente. Como se dice en el primer párrafo, sería anacrónico plantear un retorno de la psiquiatría a los fueros iniciales de la locura, pues muchas personas con trastornos menos graves encuentran alivio a su malestar con los tratamientos que ofrece aquella especialidad, y en esto cabe deslindar con las posturas extremistas de la antipsiquiatría, que niega inclusive la existencia de cualquier trastorno mental. Pero tengamos presente que la psiquiatrización de la vida cotidiana resulta cuestionable (no todo sufrimiento es enfermedad), más aún si va de la mano con una farmacolización excesiva, que desdeña otras alternativas terapéuticas, y con una visión etiológica simplista que pretende reducir cualquier comportamiento humano a desequilibrios de los neurotransmisores. Así pues, resulta cada vez más frecuente escuchar a quienes dicen estar deprimidos porque les "falta serotonina".
La farmacolización excesiva es producto no solamente de la influencia de la industria farmacéutica, sino también de una oferta que se ha visto sobrepasada por la demanda, llevando a consultas médicas cada vez más breves y, por lo tanto, propensas al diagnóstico rápido y el tratamiento apresurado. El mismo público es muchas veces exigente con la prescripción de psicofármacos, lo cual se traduce en un consumo creciente de tranquilizantes, que son muchas veces autorecetados o indicados por personas no expertas. Tal será la consecuencia de haberle "perdido el miedo" a los tratamientos psiquiátricos.
Bibliografía
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- Ostiz Marta. La 'psiquiatrización' de la vida cotidiana. El Mundo, 25 de febrero del 2013.
- Rius M. ¡Cuidado con los tranquilizantes! La Vanguardia, 30 de marzo del 2013.
- Sánchez Mellado L. ¿Estamos todos locos? El País, 20 de abril del 2008.
- Wakefield JC, First MB. Clarifying the Boundary Between Normality and Disorder: A Fundamental Conceptual Challenge for Psychiatry. Canadian Journal of Psychiatry. 2013; 58 (11): 603–605.
17 mayo, 2014
Propaganda psicofarmacológica (décadas 1950-1970)
26 octubre, 2010
El Hospital de la Misericordia
Hace unos meses incursionamos en los predios de lo que alguna vez fue el Hospital Real de San Andrés, recientemente profanados por los ímpetus mercantilistas de individuos faltos de conciencia histórica. Tal visita fue el pretexto para una reseña acerca de aquel nosocomio, que tan importante rol había jugado desde que fuera fundado en el siglo XVI. En esta oportunidad, nuestro equipo* decidió conocer las instalaciones del antiguo Hospital de la Misericordia -sede en la actualidad del Colegio "Alipio Ponce Vásquez" de la Dirección de Bienestar de la Policía Nacional del Perú, sito en la Av. Sebastián Lorente 769 Barrios Altos, Lima-, y de paso recordar algunos datos sobre el mismo.
El Hospital Civil de la Misericordia -conocido también como Hospicio de Insanos o más coloquialmente, como Manicomio del Cercado- fue construido en el lugar que ocupaba la Quinta Cortés, antiguo local de convalecencia de los jesuitas en el barrio del Cercado. Inaugurado en diciembre de 1859, recibió a los “153 enfermos de los cuales hay 76 hombres y 77 mujeres”, procedentes de las loquerías de San Andrés y Santa Ana, repartiéndose los mismos “para cada departamento de cuatro principales cuarteles a saber: 1) los tranquilos, 2) excitados periódicamente, 3) idiotas, epilépticos e inmundos y 4) furiosos” (según nos refiere Óscar Valdivia Ponce, 1964). Bajo la influencia ideológica del tratamiento moral de Pinel, el Reglamento Provisional del Hospicio (1897) exigía a las Hermanas de Caridad: “1.º Suministrar con toda exactitud y puntualidad las medicinas prescritas para los enfermos. 2.º Cumplir extrictamente las medidas indicadas por los médicos respecto á los enfermos. 3.º Cuidar del aseo y limpieza de las salas. 4.º Ordenar y vigilar el cambio, cuando menos semanal, de las ropas de cama é internas de cada enfermo. 5.º Inspeccionar la calidad de los alimentos y presidir su distribución. 6.º Procurar con todo empeño que los enfermos estén constantemente limpios y sean tratados con afecto, sin obligarlos á prácticas religiosas que ellos no acepten. 7.º Acompañar á los médicos en las visitas. 8.º Dar á los guardianes y empleados de cada Departamento, oportunamente, las órdenes más convenientes para el mejor servicio. 9.º Impedir que los enfermos sean maltratados de palabra ó de hecho por los guardianes ú otros enfermeros. 10.º Dar cuenta á los médicos de las novedades ú ocurrencias del Departamento, ó de las faltas que observaren en el servicio y en los turnos de guardia de los enfermos. 11.º Las Hermanas deben velar rigurosamente para que los enfermos gocen toda la libertad de acción y de movimiento compatibles con este Reglamento”.
La escritora argentina Juana Manuela Gorriti nos brinda la siguiente versión novelada del Hospicio de la Misericordia en “Una visita al manicomio” (1876): “En el lindo pueblecito del Cercado, lugar sombroso y romántico, situado como un apéndice de Lima, entre el circuito de sus murallas, elévase ese suntuoso y lúgubre edificio rodeado de huertos, jardines y fuentes. (…) Envuélvelo profundo silencio, tan solo interrumpido allá, de vez en cuando, por algún extraño grito que aleja a los paseantes de aquel ameno sitio, y desgarra el corazón a aquellos que vagan atraídos por el amor de seres queridos encerrados entre sus fúnebres muros. Cuán honda compasión inspiran esas madres, hijas y esposas que vienen cada día a pasar horas enteras ante la gran verja, pegado el rostro a las barras de hierro, fijos los tristes ojos en esa puerta que recuerda el Lacciate ogni speranza de la terrible leyenda”.
No pasó mucho tiempo sin embargo, para que el nuevo local resultase insuficiente. Tan solo cuatro meses después de la inauguración, en abril de 1860, el Director Casimiro Ulloa informaba lo siguiente a la Beneficencia Pública de Lima: “Como Ud. lo ha notado ya, la estrechez del sitio no permite hacer estas construcciones si no es tomando algo del espacio que ocupa la huerta y formando un segundo piso. (…) Habiéndose aumentado considerablemente la población del hospicio en ambos departamentos, y habiéndose resuelto igualmente por la dirección que ello no tenga una proporción definida, se hace necesario también aumentar el número de catres comunes de hierro, así como los de madera, llamados de fuerza, que la experiencia ha manifestado ser de indispensable necesidad para el servicio de las celdas". En 1890, su sucesor en la Dirección, Manuel Muñiz, informó lo siguiente: “No se pueden dividir y separar absolutamente los enajenados curables de los incurables, los sucios de los aseados, los furiosos de los tranquilos, los epilépticos de sus congéneres enfermos, etc. (…) Faltan talleres. No hay distracciones. Los corredores son estrechos para el gran número de enfermos, que apenas pueden hacer ejercicios. (…) Si un asilo, como ha dicho un gran alienista, es como una red con la que rodea el médico a sus enfermos para coordinar sus movimientos, regular sus pensamientos, moderar sus sentimientos y presidir a todas sus operaciones vitales, bien claro se ve que el manicomio actual no responde a sus fines”. Finalmente, en enero de 1918 todos los internos del Hospicio de Insanos fueron trasladados al nuevo Asilo Colonia de la Magdalena, que en 1930 adoptaría la denominación actual de Hospital "Víctor Larco Herrera".
El edificio del otrora Manicomio del Cercado quedó en estado de abandono hasta 1922, cuando fue elegido como sede de la Escuela de la Guardia Civil y Policía de la República. En 1961 se fundó ahí el Colegio de la Guardia Civil “Leoncio Prado”, el cual finalmente cambió de nombre en 1977 por Colegio "Alipio Ponce Vásquez".
Plano de Lima de 1904, con la ubicación de los tres hospitales que albergaron enfermos mentales.
Bibliografía
* Conformado ahora por este servidor y su teléfono celular con cámara fotográfica.
- Caravedo Prado B. La reforma psiquiátrica en el Perú. Lima: Clínica Baltazar Caravedo, 1985.
- Gorriti JM. Una visita al manicomio. En: Panoramas de la vida: colección de novelas, fantasías, leyendas y descripciones americanas. Tomo II. Buenos Aires, Imprenta y Librerías de Mayo, 1876.
- Lastres JB. Historia de la medicina en el Perú. Tomo III: La medicina en la República. Lima, UNMSM, 1951.
- Reglamento Provisional del Hospicio de Insanos. Lima, 1897.
- Valdivia Ponce O. Historia de la psiquiatría peruana. Lima, 1964.
* Conformado ahora por este servidor y su teléfono celular con cámara fotográfica.
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06 junio, 2009
Breve historia de los tratamientos biológicos en la psiquiatría
El autor hace una revisión de los principales métodos biológicos (no
psicológicos) utilizados a lo largo de la historia para controlar aquellos
comportamientos considerados como anormales, desde los tiempos dominados por
las concepciones mágico-religiosas, hasta la llegada del siglo XX y la
aparición de tratamientos con mayor sustento científico. Hechos nefastos como
los hospitales-prisiones, las esterilizaciones forzadas y los experimentos no
autorizados "en aras de la ciencia", métodos como la psicocirugía y
el electrochoque, cuyo halo tenebroso domina el imaginario popular hasta la
actualidad, exaltado sin piedad por los entusiastas partidarios de la
antipsiquiatría; el revolucionario desarrollo de los psicofármacos, basado en
la casualidad antes que en metodologías científicas rigurosas, y el poder de la
industria farmacéutica, con su despiadada política de patentes y su mal
disimulada influencia sobre la objetividad de las prescripciones médicas,
forman parte de la historia de la psiquiatría.
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